Participantes

 

Contacto

 

Subdesarrollo y Revolución

Ruy Mauro Marini

 

Fuente: Subdesarrollo y Revolución, México, Siglo XXI Editores, 12ª edición, 1985, pp. 79-105. En 1970, la revista cubana Pensamiento Crítico publicó esta sección del capítulo 2 y, posteriormente, se reimprimió en una antología de esa publicación. La crítica en tiempo de revolución, Fernando Martínez Heredia, Instituto Cubano del Libro, La Habana, Cuba, 2010 [PDF]. Versión italiana, La sinistra rivoluzionaria brasiliana e le nouve condizioni della lotta di classe, 1971 [PDF].

 

Capítulo 2. LA DIALÉCTICA DEL DESARROLLO CAPITALISTA EN BRASIL

(3a. parte)

3. El carácter de la revolución brasileña

El compromiso político de 1937

La ruptura de la complementariedad

La embestida imperialista

Imperialismo y burguesía nacional

El subimperialismo

Revolución y lucha de clase

 

3. El carácter de la revolución brasileña

Las luchas políticas brasileñas de los últimos 15 años son la expresión de una crisis más amplia, de carácter social y económico, que parecía no dejar al país otra salida que la de una revolución. Sin embargo, una vez implantada la dictadura militar, en abril de 1964, las fuerzas de izquierda se han visto obligadas a revisar sus concepciones sobre el carácter de la crisis brasileña como punto de partida para definir una estrategia de lucha contra la situación que al final ha prevalecido. En un diálogo a veces lleno de amargura, los intelectuales y líderes políticos vinculados al movimiento popular plantean hoy dos cuestiones fundamentales: ¿qué es la revolución brasileña? ¿Qué representa en su contexto la dictadura militar?

Las respuestas se orientan, por lo general, a lo largo de dos hilos conductores. La revolución brasileña es entendida, primero, como el proceso de modernización de las estructuras económicas del país, principalmente a través de la industrialización, proceso que se acompaña de una tendencia creciente de participación de las masas en la vida política [1]. Identificada así con el propio desarrollo económico, la revolución brasileña tendría su fecha inicial en el movimiento de 1930, y se ha extendido sin interrupción hasta el golpe de abril de 1964. Paralelamente, y en la medida en que los factores primarios del subdesarrollo brasileño son la vinculación al imperialismo y a la estructura agraria, que muchos consideran semifeudal, el contenido de la revolución brasileña sería antiimperialista y antifeudal.

Esas dos direcciones conducen, pues, a un solo resultado —la caracterización de la revolución brasileña como una revolución democrático-burguesa— y descansan en dos premisas básicas: la primera consiste en ubicar el antagonismo nación-imperialismo como la contradicción principal del proceso brasileño; la segunda, en admitir un dualismo estructural en esa misma sociedad, que opondría el sector precapitalista al sector propiamente capitalista. Su implicación más importante es la idea de un frente único formado por las clases interesadas en el desarrollo, básicamente la burguesía y el proletariado, contra el imperialismo y el latifundio. Su aspecto más curioso es el de unir una noción antidialéctica, como la del dualismo, con una noción paradialéctica, cual sería la de una revolución burguesa permanente, de la que los acontecimientos políticos brasileños de los últimos 40 años no habrían sido más que episodios.

En esa perspectiva, el régimen militar implantado en 1964 aparece simultáneamente como una consecuencia y una interrupción. Así es que, interpretada como un gobierno impuesto desde fuera por el imperialismo norteamericano, la dictadura militar es considerada también como una interrupción y aun como un retroceso en el proceso de desarrollo, lo que se expresaría en la depresión a la que fue llevada la economía brasileña [2]. El espinoso problema planteado por la adhesión de la burguesía a la dictadura es solucionado cuando se admite que, temerosa por la radicalización ocurrida en el movimiento de masas en los últimos días del gobierno de Goulart, esa clase, del mismo modo que la pequeña burguesía, apoyó el golpe de Estado articulado por el imperialismo y la reacción interna, pasando luego a ser víctima de su propia política en virtud de la orientación antidesarrollista y desnacionalizante adoptada por el gobierno militar.

A partir de tal interpretación, la izquierda brasileña (nos referimos a su sector reformista, representado por el movimiento nacionalista y el Partido Comunista brasileño) toma como consigna la “redemocratización”, destinada a restablecer las condiciones necesarias para la participación política de las masas y acelerar el proceso de desarrollo. En último término, se trata de crear de nuevo la base necesaria para el restablecimiento del frente único obrero-burgués, que marcó el gobierno de Goulart, es decir, el diálogo político y la comunidad de propósitos entre las dos clases. Y es así como esa izquierda, basada en su concepción de la revolución brasileña, no llega hoy a otro resultado que el de señalar, como salida para la crisis actual, una vuelta al pasado.

 

El compromiso político de 1937

Sería difícil verificar la exactitud de esa concepción sin examinar de cerca el capitalismo brasileño, la manera como se ha desarrollado y su naturaleza actual. Por lo general, los estudiosos están de acuerdo en aceptar la fecha de 1930 como el momento decisivo que marcó el tránsito de una economía semicolonial, basada en la exportación de un solo producto y caracterizada por su actividad eminentemente agrícola, a una economía diversificada, animada por un fuerte proceso de industrialización. En efecto, si el inicio de la industrialización data de más de 100 años y estuvo incluso en la raíz del proceso político revolucionario que, victorioso en 1930, permitió su aceleración, y si la actividad fabril ganó impulso en la década de 1920, no es posible negar que es a partir de la revolución de 1930 que la industrialización se afirma en el país y emprende el cambio global de la vieja sociedad.

La crisis mundial de 1929 obró mucho en este sentido. Imposibilitado para colocar en el mercado internacional su producción y sufriendo el efecto de una demanda de bienes manufacturados que ya no podía satisfacer con importaciones, el país acelera la sustitución de importaciones de bienes manufacturados desarrollando un proceso que parte de la industria liviana y llega, hacia los años cuarenta, a la industria de base. Es primariamente la crisis de la economía cafetera y la presión de la nueva clase industrial para participar del poder lo que produce el movimiento revolucionario de 1930, el que obliga a la vieja oligarquía terrateniente a romper su monopolio político e instala en el poder al equipo revolucionario encabezado por Getúlio Vargas.

Durante algunos años, las fuerzas políticas se mantendrán en un equilibrio inestable, mientras intentan nuevas composiciones. La embestida fracasada de la oligarquía, en 1932, refuerza la posición de la pequeña burguesía, cuya ala radical, unida al proletariado, desea profundizar el cambio revolucionario reclamando sobre todo una reforma agraria. La insurrección izquierdista de 1935 concluye, empero, con la derrota de esa tendencia, lo que permite a la burguesía consolidar su posición. Aliándose a la oligarquía y al sector derechista de la pequeña burguesía (que será aplastado el año siguiente), en 1937 la burguesía apoya la implantación de un régimen dictatorial liderado por Vargas.

El Estado Nôvo de 1937, un régimen de naturaleza bonapartista, estuvo lejos de representar una opresión abierta de clase. Por el contrario, con una legislación social avanzada, complementada con una organización sindical de tipo corporativo y un fuerte aparato policial y de propaganda, trató de encuadrar a las masas obreras. Paralelamente, instituyendo el concurso obligatorio para los cargos públicos de bajo y medio nivel, concedió a la pequeña burguesía (única clase verdaderamente letrada) el monopolio de los mismos y le dio, por tanto, una perspectiva de estabilidad económica.

La cuestión fundamental está en comprender por qué la revolución de 1930 condujo a ese equilibrio político, y más exactamente por qué tal equilibrio se basó en un compromiso entre la burguesía y la antigua oligarquía terrateniente y mercantil. La izquierda brasileña, haciéndose eco de Virgínio Santa Rosa (intérprete de la pequeña burguesía radical de los años treinta), tiende hoy a atribuir ese hecho a la ausencia de conciencia de clase de la burguesía, explicable por la circunstancia de haberse realizado la industrialización a costa de capitales originados por la agricultura que ya en ese momento no encontraban un campo de inversión. Incide, a nuestro entender, en un doble error.

Primero, el desplazamiento de capitales de la agricultura hacia la industria tiene muy poco que ver, en sí mismo, con la conciencia de clase. No son los capitales los que tienen tal conciencia, sino los hombres que los manejan. Y nada indica —por el contrario, estudios recientes dicen lo inverso— que los latifundistas se hayan convertido en empresarios industriales. Lo que parece haber pasado ha sido un drenaje de los capitales de la agricultura hacia la industria mediante el sistema bancario; esto de paso explica ampliamente el comportamiento político indefinido y aun doble de la banca brasileña.

El segundo error consiste en creer que la burguesía industrial no ha luchado por imponer su política siempre que sus intereses no coincidían con los de la oligarquía latifundista-mercantil. Toda la historia político-administrativa del país de los últimos 40 años ha sido, justamente, el recuento de esa lucha en el terreno del crédito, de los tributos, de la política cambiaría. Si el conflicto no fue ostensible, si no estalló en insurrecciones y guerras civiles, fue precisamente porque se desarrolló en el marco de un compromiso político, el de 1937. Los momentos en que ese compromiso ha sido puesto en jaque fueron aquellos en que la vida política del país se convulsionó: 1954, 1961, 1964.

Ahora bien, el compromiso de 1937 expresa de hecho una complementación entre los intereses económicos de la burguesía y los de las antiguas clases dominantes; es en este marco que el drenaje de capitales tiene sentido, aunque no se debe confundir tal drenaje con la complementación misma. Y es por haber reconocido la existencia de ésta y actuado en consecuencia que no se puede hablar de falta de conciencia de clase por parte de la burguesía brasileña.

Uno de los elementos significativos de esa complementariedad es, en efecto, el drenaje de capitales hacia la industria, por el cual la burguesía tuvo acceso a un excedente económico que no necesitaba expropiar, puesto que se le ponía espontáneamente a disposición. No es, sin embargo, el único: mantener el precio externo del café mientras se devaluaba internamente la moneda, interesaba a los dos sectores —a la oligarquía porque preservaba el nivel de sus ingresos y a la burguesía porque funcionaba como una tarifa proteccionista—. La demanda industrial interna era, por otra parte, sostenida exactamente por la oligarquía, necesitada de los bienes de consumo que ya no podía importar, y en condición de adquirirlos solamente en la medida en que se le garantizaba su nivel de ingresos.

Éste es, sin duda, el punto esencial para comprender la complementariedad objetiva en que se basaba el compromiso de 1937. Se trata de ver que, sosteniendo la capacidad productiva del sistema agrario (mediante la compra y el almacenamiento o la quema de los productos no exportables), el Estado garantizaba a la burguesía un mercado inmediato, el único del que en realidad podía disponer en la crisis coyuntural mundial. Por sus características rezagadas, el sistema agrario mantenía, por otra parte, su capacidad productiva en un nivel inferior a las necesidades de empleo de las masas rurales, con lo cual forzaba un desplazamiento constante de la mano de obra hacia las ciudades. Esta mano de obra migratoria no sólo iba a engrosar la clase obrera empleada en las actividades manufactureras, sino que crearía un excedente permanente de trabajo, es decir, un ejército industrial de reserva que permitiría a la burguesía rebajar los salarios e impulsar la acumulación de capital exigida por la industrialización. En consecuencia, una reforma agraria no habría hecho más que trastornar ese mecanismo, e incluso podría haber provocado el colapso de todo el sistema agrario, lo que hubiera liquidado el mercado para la producción industrial y engendrado el desempleo masivo en el campo y en la ciudad, desencadenando, pues, una crisis global en la economía brasileña.

Es por esto que no cabe hablar de una dualidad estructural de esa economía, tal como se la suele entender, es decir, como una oposición entre dos sistemas económicos independientes y aun hostiles, sin que la cuestión quede seriamente confundida [3]. Por el contrario, el punto fundamental está en reconocer que la agricultura de exportación fue la base misma sobre la cual se desarrolló el capitalismo industrial brasileño. Más que esto, y desde un punto de vista global, la industrialización fue la salida que encontró el capitalismo brasileño en el momento en que la crisis mundial, iniciada con la guerra de 1914, agravada por el crack de 1929 y llevada a su paroxismo con la guerra de 1939, trastornaba el mecanismo de los mercados internacionales.

Este razonamiento conduce también a desechar la tesis de una revolución permanente de la burguesía, puesto que se tiene que enmarcar su revolución en el período 1930-1937. El Estado Nôvo no sólo significa la consolidación de la burguesía en el poder: también representa la renuncia de esa clase a cualquier iniciativa revolucionaria, su alianza con las viejas clases dominantes en contra de las alas radicales de la pequeña burguesía, así como de las masas proletarias y campesinas, y el encauzamiento del desarrollo capitalista nacional por la vía trazada por los intereses de la coalición dominante que él expresa.

 

La ruptura de la complementariedad

Alimentada con el excedente económico creado por la explotación de los campesinos y obreros, y teniendo a la estructura agraria como elemento regulador de la producción industrial y del mercado de trabajo, la industria nacional que se desarrolla entre los años 1930 y 1950 depende del mantenimiento de esa estructura, aunque se enfrente constantemente al latifundio y al capital comercial en lo que atañe a la apropiación de las ganancias creadas por el sistema. Sin embargo, y en la medida en que se realiza el desarrollo económico, el polo industrial de esa relación tiende a autonomizarse y entra en conflicto con el polo agrario. Es posible identificar tres factores a raíz de ese antagonismo.

El primero se refiere a la crisis general de la economía de exportación, resultado de las nuevas tendencias que rigen el mercado mundial de materias primas. Aplazada por la guerra de 1939 y por el conflicto coreano, esa crisis se volverá ostensible a partir de 1953. La incapacidad del principal mercado comprador de los productos brasileños —el norteamericano— para absorber las exportaciones tradicionales del país, la competencia de los países africanos y de los propios países industrializados, y a su vez la formación de zonas preferenciales, como el Mercado Común Europeo, la hacen irreversible.

Esta situación ya determinaba que la complementariedad hasta entonces existente entre la industria y la agricultura fuera puesta en duda. Amén de la acumulación de existencias invendibles, que debiendo ser financiadas por el gobierno representaban una inmovilización de recursos retirados a la actividad industrial, la agricultura ya no ofrecía a la industria el monto de divisas que ésta necesitaba en escala creciente para importar equipos y bienes intermedios, fuera para mantener en actividad el parque manufacturero existente, fuera, principalmente, para propiciar la implantación de una industria pesada. Así es que, a pesar de que las exportaciones mundiales entre 1951 y 1960 aumentaron en un 55%, creciendo a la tasa media geométrica del 5,03%, en el mismo período las exportaciones brasileñas disminuyeron en un 38%, bajando a la tasa media geométrica anual de 3,7% [4]. Mientras tanto, las importaciones de materias primas, combustibles, bienes intermedios, equipos y trigo, representan el 70% del total de las importaciones, lo que vuelve extremadamente rígida esa cuenta de la balanza comercial, ya que cerca del 70% del total de la importación está constituido por productos imprescindibles para mantener la producción interna corriente y satisfacer las necesidades básicas de la población. [5]

Un segundo factor que estimula el antagonismo entre la industria y la agricultura resulta de la incapacidad de ésta para abastecer los mercados urbanos del país, en franca expansión. Las carencias surgidas en el suministro de materias primas y productos alimenticios a las ciudades provocan el alza de precios de unas y de otros, consecuencia del carácter rezagado de la agricultura, que resulta a su vez de la concentración de la propiedad de la tierra —este hecho es puesto en evidencia por su repercusión en el nivel de vida de la clase obrera—. La presión sindical en favor de mejores salarios colmará esa tendencia, gravando pesadamente el costo de producción industrial y conduciendo, a la larga, a la depresión económica.

Un último factor que puede ser aislado, con fines analíticos, es la modernización tecnológica que acompañó al proceso de industrialización, principalmente después de la guerra de 1939. La reducción de la participación del trabajo humano en la actividad manufacturera, en términos relativos, hizo que se produjera un gran margen entre los excedentes de mano de obra liberados por la agricultura y las posibilidades de empleo creadas por la industria. El problema no habría sido tan grave si la mano de obra excedente hubiera estado en condiciones de competir con la mano de obra empleada, pues la existencia de un mayor ejército industrial de reserva habría neutralizado la presión sindical por aumento de salarios, contrarrestando el efecto del alza de los precios agrícolas internos. Esto no se dio, ya que esa mano de obra sólo se puede emplear en ciertas actividades que exigen poca calificación del trabajo —la construcción civil, por ejemplo—, lo que aumenta su incapacidad profesional al mismo ritmo que avanza la modernización tecnológica. En consecuencia, los sectores clave de la economía, como la metalurgia, la industria mecánica y la industria química, no pudieron beneficiarse de un aumento real de la oferta de trabajo en proporción a la migración interna de mano de obra.

En esas condiciones, las migraciones rurales representaron cada vez más un empeoramiento de los problemas sociales urbanos. Esos problemas se unieron a los que surgían en el campo, donde cundía la lucha por la posesión de la tierra y se producían movimientos como el de las Ligas Campesinas. Sin llegar jamás a determinar el sentido de la evolución de la sociedad brasileña, el movimiento campesino, con sus conflictos sangrientos y sus consignas radicales, acabó por convertirse en el telón de fondo donde se proyectó la radicalización de la lucha de clases en las ciudades.

La ruptura de la complementariedad entre la industria y la agricultura, que terminó por plantear la necesidad de una reforma agraria, determinó, por parte de la burguesía, el deseo de revisión del compromiso de 1937, revisión intentada con el segundo gobierno de Vargas (1951-1954) y con los gobiernos de Quadros (1961) y Goulart (1963-1964). En realidad, lo que pasaba era que el desarrollo del capitalismo industrial brasileño chocaba con el límite que le imponía la estructura agraria. Al estrellarse contra el otro límite, representado por sus relaciones con el imperialismo, todo el sistema entraría en crisis, la cual no sólo revelaría su verdadera naturaleza, sino que lo impulsaría hacia una nueva etapa de su desenvolvimiento.

 

La embestida imperialista

En el período clave de su desarrollo, es decir, entre 1930 y 1950, la industria brasileña se benefició de la crisis mundial del capitalismo. Esto se debió no sólo a la imposibilidad en que se encontraba la economía nacional de satisfacer con importaciones la demanda interna de bienes manufacturados, sino también porque la crisis le permitió adquirir a bajo precio los equipos necesarios para su implantación y, principalmente, porque ella alivió considerablemente la presión de los capitales extranjeros sobre el campo de inversión representado por Brasil. Esta situación es común para el conjunto de los países latinoamericanos. Las inversiones directas norteamericanas en América Latina, que habían sido del orden de los 3.462 millones de dólares en 1929, bajaron a 2.705 millones en 1940; todavía en 1946 el monto de esas inversiones era inferior al de 1929, mas en 1950 alcanzaba ya un nivel superior, sumando 4.445 millones, para en 1952 llegar a los 5.443 millones de dólares, y doblar esa suma a principios de la década de 1960.

Este cambio de tendencias no se limita al monto de las inversiones, sino que afecta también su estructura. Así, mientras en 1929 solamente 231 millones (menos del 10% del total) eran invertidos en la industria manufacturera, en 1950 este sector atraía el 17,5% (780 millones) y en 1952 el 21,4% (1.166 millones de dólares). Si tomamos la relación entre la incidencia de las inversiones en el sector agrícola y en la minería, petróleo y manufactura, veremos que la distribución proporcional de 10% y de 45%, respectivamente, que existía en 1929, en 1952 pasa a ser de 10% y de 60% del total.

En la historia de las relaciones de América Latina con el imperialismo norteamericano, los primeros años de la década de 1950 constituyen, pues, un tournant. Así también para Brasil. Es cuando la crisis del sistema tradicional de exportación salta a la vista, como señalamos anteriormente. Pero, sobre todo, cuando se intensifica la penetración directa del capital imperialista en el sector manufacturero nacional, de tal manera que las inversiones norteamericanas, que habían sido en ese momento de 46 millones de dólares en 1929, de 70 millones en 1940 y de 126 millones en 1946, llegan en 1950 a 284 millones, y en 1952 a 513 millones de dólares, mientras el monto global de esas inversiones en todos los sectores pasa de 194 millones en 1929 a 240 en 1940, a 323 millones en 1946, 644 en 1950 y 1.013 millones de dólares en 1952. [6]

Esa embestida de los capitales privados de Estados Unidos es acompañada de un cambio en las relaciones entre el gobierno de ese país y el de Brasil. Durante el período de guerra, el gobierno brasileño logra obtener la ayuda financiera pública norteamericana para proyectos industriales de importancia, como la planta siderúrgica de Volta Redonda, que ha permitido la afirmación efectiva de una industria básica en el país. En la posguerra, una misión norteamericana visita Brasil para realizar un estudio de sus posibilidades económicas e industriales —el respectivo informe se publica en 1949—, mientras el gobierno brasileño elabora el Plan Salte (salud, alimentación, transportes y energía), para el período 1949-1954. En 1950 se crea la Comisión Mixta Brasil-Estados Unidos, y es aprobado por los dos gobiernos un proyecto de financiamiento público norteamericano del orden de 500 millones de dólares para los proyectos destinados a superar los puntos de estrangulamiento en los sectores infraestructurales y de base.

La ejecución de ese proyecto de financiamiento es obstaculizada, empero, por el gobierno norteamericano, que en 1952 —cuando el republicano Eisenhower sucede en la Presidencia al demócrata Truman— acaba por negarse a reconocer la obligatoriedad del convenio de ayuda. La táctica era clara: se trataba de imposibilitarle a la burguesía brasileña el acceso a recursos que le permitiesen superar con relativa autonomía los puntos de estrangulamiento surgidos en el proceso de industrialización, y forzarla a aceptar la participación directa de los capitales privados norteamericanos, los cuales realizaban, como señalamos, una embestida sobre Brasil. Esa táctica sería adoptada, en adelante, de manera sistemática por Estados Unidos; en la raíz estaba el conflicto que hacia 1958 estalla entre el gobierno de Kubitschek y el Fondo Monetario Internacional, y la ulterior oposición de los gobiernos de Quadros y de Goulart a la administración norteamericana.

 

Imperialismo y burguesía nacional

La burguesía brasileña intentará reaccionar contra la presión de Estados Unidos en tres ocasiones. La primera, en 1953-1954, con el brusco cambio de orientación que se opera en el gobierno de Vargas (quien, depuesto en 1945, regresará al poder como candidato victorioso de la oposición en 1951). Buscando reforzarse en la política externa por medio de una aproximación a la Argentina de Perón, Vargas altera su política interna lanzando un programa desarrollista y nacionalista que se expresa en la resurrección del Plan Salte (que había quedado sin aplicación y vuelve a la escena con el nombre de Plan Lafer), en la ley del monopolio estatal del petróleo y la proposición al Congreso de un proyecto que instituía un régimen idéntico para la energía eléctrica, en la creación del Fondo Nacional de Electrificación y en la elaboración de un programa federal de construcción de carreteras. Una primera reglamentación de la exportación de utilidades del capital extranjero es dictada al mismo tiempo que se anuncia una nueva reglamentación más rigurosa, y que el gobierno envía al Congreso una ley que tasa los beneficios extraordinarios. Paralelamente, en pláticas palaciegas se ventila la intención gubernamental de atacar el problema del latifundio con una reforma agraria basada en expropiaciones y en el reparto de tierras. Para sostener su política, Vargas decide movilizar al proletariado urbano: el ministro de trabajo, João Goulart, concede un aumento del 100% sobre los niveles del salario mínimo y llama a las organizaciones obreras a respaldar al gobierno.

La tentativa fracasa. Presionado por la derecha, hostilizado por el Partido Comunista y acosado por el imperialismo (principalmente gracias a maniobras que disminuían el precio del café y desencadenaban una crisis cambiaria), el ex dictador acepta la dimisión de Goulart y, mediante varias concesiones, busca un arreglo con la derecha. Pero la lucha iba ya muy adelantada, y el abandono de la política de movilización obrera, expresada por la sustitución de Goulart, sirve tan sólo para entregarlo indefenso a sus enemigos. El 24 de agosto de 1954, virtualmente depuesto, Vargas se suicida.

La instrucción 113, expedida por el gobierno interino de Café Filho y mantenida por Juscelino Kubitschek (quien asume la Presidencia de la Republica en 1956), consagra la victoria del imperialismo. Creando facilidades excepcionales para el ingreso de los capitales extranjeros, ese instrumento jurídico corresponde a un compromiso entre la burguesía brasileña y los grupos económicos norteamericanos. El flujo de inversiones privadas procedentes de Estados Unidos alcanzó en menos de cinco años cerca de 2.500 millones de dólares, e impulsó el proceso de industrialización y aflojó la presión que el deterioro de las exportaciones tradicionales ejercía sobre la capacidad para importar. Observemos que esa penetración de capital imperialista presentó tres características principales: se dirigió, casi en su totalidad, a la industria manufacturera y de base; se procesó bajo la forma de introducción en el país de máquinas y equipos ya obsoletos en Estados Unidos, y se realizó en gran parte a través de la asociación de compañías norteamericanas a empresas brasileñas.

Hacia 1960, el deterioro constante de las relaciones de intercambio comercial y la tendencia de las inversiones extranjeras a declinar, agravados por los movimientos reivindicativos de la clase obrera (en virtud, principalmente, de la ya señalada alza de los precios agrícolas internos) agudizan nuevamente las tensiones entre la burguesía brasileña y los monopolios norteamericanos. Jânio Quadros, quien sucede a Kubitschek en 1961, intentará evitar la crisis que se acerca. Expresando los intereses de la gran burguesía de São Paulo, Quadros practica una política económica de contención de los niveles salariales y de liberalismo, cuyo objetivo es crear de nuevo atractivos a las inversiones de capital, incluso las extranjeras, al mismo tiempo que plantea la necesidad de reformas de base, sobre todo en el campo. A ello agrega una orientación independiente en la política exterior, que se destina a ampliar el mercado brasileño para exportaciones tradicionales, diversificar sus fuentes de abastecimiento en materias primas, equipos y créditos, y posibilitar la exportación de productos manufacturados para África y Latinoamérica. Basado en el poder de discusión que le daba esa diplomacia, y en una alianza con la Argentina de Frondizi (alianza concretada en el acuerdo de Uruguayana, firmado en abril de 1961), Quadros buscará, también sin éxito, imponer condiciones en la Conferencia de agosto de Punta del Este, en que se consagra el programa de la Alianza para el Progreso y que representa una revisión de la política interamericana.

Como Vargas, Quadros fracasa. La reacción de la derecha, la presión imperialista y la insubordinación militar lo llevan al gesto dramático de la renuncia. Goulart, que le sucede, después de que se frustra una maniobra para someter el país a la tutela militar —algo que anuncia lo que pasaría en 1964—, dedicará todo el año de 1962 a restablecer la integridad de sus poderes, que la implantación del parlamentarismo, en 1961, limitara. Para ello revive en la política nacional el frente único obrero burgués, de inspiración varguista, respaldado ahora por el Partido Comunista.

Aunque los intentos para restablecer la alianza con Argentina no producen resultados, ni los de sustituir esa alianza por la aproximación a México y Chile, con Goulart la política externa brasileña no sufre cambios sensibles. Internamente se agudiza la oposición entre la burguesía, sobre todo sus estratos inferiores, y el imperialismo, lo que conduce a la concreción del monopolio estatal de la energía eléctrica, que Vargas planteara en 1953, y a la reglamentación de la exportación de utilidades de las empresas extranjeras. Sin embargo, en 1963, tras el plebiscito popular que restaura el presidencialismo, el gobierno tendrá que enfrentarse a una disyuntiva insuperable: obtener el respaldo obrero para la política externa y las reformas de base, de interés para la burguesía, y contener, al mismo tiempo, por exigencia de la burguesía, las reivindicaciones salariales. La imposibilidad de solucionar esa disyuntiva conduce al gobierno al inmovilismo, que acelera la crisis económica, agudiza la lucha de clases y finalmente abre las puertas a la intervención militar.

Este examen superficial de las luchas políticas brasileñas de los últimos 15 años parece dar razón a la concepción generalmente adoptada por la corriente mayoritaria de izquierda que concibe una burguesía desarrollista, antiimperialista y antifeudal. La primera cuestión está, sin embargo, en saber lo que se entiende por burguesía nacional. Las vacilaciones de la política burguesa, y sobre todo la conciliación con el imperialismo que puso en práctica en el período de Kubitschek, provocaron juicios que hablaban de sectores de la burguesía comprometidos con el imperialismo, en oposición a la burguesía propiamente nacional. Para muchos, esta última se identificaría con la burguesía mediana y pequeña, mientras los sectores comprometidos reciben la calificación de burguesía monopolista o gran burguesía.

La distinción tiene su razón de ser. Se puede, en efecto, considerar que las nacionalizaciones, las reformas de base y la política externa independiente han representado para la gran burguesía, es decir, para sus sectores económicamente más fuertes, un instrumento de chantaje destinado a aumentar su poder de discusión frente al imperialismo, más que una estrategia para lograr un desarrollo propiamente autónomo del capitalismo nacional. Inversamente, para la mediana y la pequeña burguesía (que sectorialmente predominan en la industria textil y en la industria de refacciones automovilísticas, por ejemplo, y regionalmente en Río Grande do Sul), se trataba efectivamente de limitar, y aun excluir, la participación del imperialismo en la economía brasileña. A esos estratos burgueses más débiles habría que agregar ciertos grupos industriales de gran dimensión, pero todavía en fase de implantación, favorables por tanto a una política proteccionista, como es el caso de la joven siderurgia de Minas Gerais, en la que sin embargo inciden con fuerza capitales alemanes y japoneses.

La razón para esa diferencia de actitud entre la gran burguesía y sus estratos inferiores es evidente. Frente a la penetración de los capitales norteamericanos, la primera tenía una opción —la de asociarse a esos capitales— que más que una opción era una conveniencia. Es normal que el capital extranjero, ingresando al país principalmente bajo la forma de equipos y técnicas, buscase asociarse a grandes unidades de producción, capaces de absorber una tecnología que, por el hecho de ser obsoleta en Estados Unidos, no dejaba de ser avanzada para Brasil. Aceptando esa asociación, y beneficiándose de las fuentes de crédito y de la nueva tecnología, las grandes empresas nacionales aumentaron su plusvalía relativa y su capacidad competitiva en el mercado interno. En estas condiciones, la penetración de capitales norteamericanos significaba la absorción y la quiebra de las unidades más débiles, algo que se expresó en una acelerada concentración de capital que engendró estructuras de carácter cada vez más monopolista.

Esto es lo que explica que hayan sido los estratos inferiores de la burguesía y los grandes grupos (no necesariamente nacionales) todavía incapaces de sostener la competencia con los capitales norteamericanos los que movieron la verdadera oposición a la política económica liberal de Quadros, que beneficiaba a los monopolios nacionales y extranjeros, y los que impulsaron, en el período de Goulart, la adopción de medidas restrictivas a las inversiones externas, tales como la reglamentación de la exportación de utilidades, mientras la gran burguesía de São Paulo tendía hacia actitudes mucho más moderadas. Nada de ello impidió que la intensificación de las inversiones norteamericanas en los años cincuenta aumentase desproporcionadamente el peso del factor extranjero en la economía y en la vida política de Brasil. Además de acelerar la transferencia que hizo el gobierno de sectores básicos de producción a grupos norteamericanos y subordinar definitivamente el proceso tecnológico brasileño a Estados Unidos, eso aumentó la influencia de los monopolios extranjeros en la elaboración de las decisiones políticas y atenuó la ruptura que se había producido entre la agricultura y la industria. [7]

Sin embargo, como los hechos demostraron, lo que estaba en juego, para todos los sectores de la burguesía, no era específicamente el desarrollo ni el imperialismo, sino la tasa de beneficios. En el momento en que los movimientos de masas en favor de la elevación de los salarios se acentuaron, la burguesía olvidó sus diferencias internas para hacer frente a la única cuestión que le preocupa de hecho: la reducción de sus ganancias. Eso fue tanto más verdadero cuanto que no solamente el alza de los precios agrícolas, que había aparecido a los ojos de la burguesía como un elemento determinante de las reivindicaciones obreras, pasó a segundo plano, en virtud de la autonomía que ganaron tales reivindicaciones, sino también porque el carácter político que éstas asumieron puso en peligro la propia estructura de dominación vigente en el país. A partir del punto en que reivindicaciones populares más amplias se unieron a las demandas obreras, la burguesía —con los ojos puestos en la Revolución Cubana— abandonó totalmente la idea del frente único de clases y se volcó masivamente en las huestes de la reacción.

Esas amplias reivindicaciones populares que mencionamos resultaban en gran parte del dinamismo que ganara el movimiento campesino, pero se explicaban sobre todo por el agravamiento de los problemas de empleo de la población urbana que acarreara la modernización tecnológica. Esa modernización de origen extranjero, que exigía de la mano de obra una calificación que ésta no tenía, acabó por crear una situación paradójica: mientras aumentaba el desempleo de la mano de obra en general, el mercado de trabajo de la mano de obra calificada se agotaba, constituyéndose en un punto de estrangulamiento que postulaba todo un programa de formación profesional, es decir, tiempo y recursos, para ser superado. La fuerza adquirida por los sindicatos de esos sectores (metalurgia, petróleo, industrias mecánicas y químicas) compensó la desventaja que el desempleo creaba para los demás (construcción civil, industria textil), algo que impulsó hacia el alza los salarios en conjunto.

Como solución inmediata al problema, la burguesía optó por la contención coercitiva de los movimientos reivindicatorios y una nueva ola de modernización tecnológica que, mediante el aumento de la productividad del trabajo, permitiese reducir la participación de la mano de obra en la producción y por tanto aflojar la presión que la oferta de empleos ejercía sobre el mercado de trabajo calificado. Para la contención salarial, la burguesía necesitaba crear condiciones que no derivaban, evidentemente, del frente obrero-burgués, que el gobierno y el PC insistían en proponerle. Para renovar su tecnología no podía contar con las parcas divisas aportadas por la exportación y, ahora, ni siquiera con el recurso a las inversiones extranjeras.

En efecto, desde 1961 se hace cada vez más sensible la resistencia de los sindicatos al proceso inflacionario de los salarios e incluso se verifica entre éstos una ligera tendencia a la recuperación, al mismo tiempo que se acelera, por mediación del mecanismo de los precios y en virtud de la rigidez de la oferta agrícola, la transferencia de recursos de la industria hacia la agricultura. Los intentos de la burguesía de imponer una estabilización monetaria (1961 y 1963) fracasan. Sus tentativas de accionar en beneficio propio el proceso inflacionario mediante alzas sucesivas de los precios industriales apenas ponen ese proceso a un ritmo más o menos acelerado, en virtud de las respuestas inmediatas que le dan el sector comercial y agrícola y las clases asalariadas [8]. La elevación consecuente de los costos de producción provoca bajas sucesivas en la tasa de ganancias: las inversiones declinan, y no solamente las nacionales sino también las extranjeras.

Con la recesión de las inversiones extranjeras se cerraba la puerta para las soluciones de compromiso que la burguesía había aplicado desde 1955, al fracasar su primera tentativa para promover el desarrollo capitalista autónomo del país. La situación que debía enfrentar ahora era aún más grave, puesto que con el desarrollo de la crisis de la balanza de pagos, el punto de estrangulamiento cambiario se agudizaba, y esto en el momento mismo en que, terminado el plazo de maduración de las inversiones realizadas en la segunda mitad de los cincuenta, los capitales extranjeros presionaban fuertemente para exportar sus utilidades. Así pues, la crisis cambiaria se traducía en el deterioro de la capacidad para importar, el cual no solamente no podía ser sorteado mediante el recurso a los capitales extranjeros, sino que era agravado por la acción misma de esos capitales. La consecuencia de la presión de esas tenazas sobre la economía nacional era, por primera vez desde los años treinta, una verdadera crisis industrial.

En realidad, lo que se encontraba puesto en jaque era todo el sistema capitalista brasileño. La burguesía —grande, mediana, pequeña— lo comprendió y, olvidando sus pretensiones autárquicas, así como la intención de mejorar su participación frente al socio mayor norteamericano, se preocupó únicamente por salvar el propio sistema. Y fue como llegó al régimen militar, implantado el 1 de abril de 1964.

 

El subimperialismo

La dictadura militar aparece así como la consecuencia inevitable del desarrollo capitalista brasileño y como un intento desesperado para abrirle nuevas perspectivas de desarrollo. Su aspecto más evidente ha sido la contención por la fuerza del movimiento reivindicativo de las masas. Interviniendo en los sindicatos y demás órganos de clase, disolviendo las agrupaciones políticas de izquierda, y acallando su prensa, encarcelando y asesinando líderes obreros y campesinos, promulgando una ley de huelga que obstaculiza el ejercicio de ese derecho laboral, la dictadura logró promover, con el terror, un nuevo equilibrio entre las fuerzas productivas. Se dictaron normas que fijaban límites a los reajustes salariales y reglamentaban rígidamente las negociaciones colectivas entre sindicatos y empresarios, que acarrearon una reducción sensible del valor real de los salarios. [9]

Para ejecutar esa política antipopular fue necesario reforzar la coalición de las clases dominantes. Desde este punto de vista, la dictadura correspondió a una ratificación del compromiso de 1837 entre la burguesía y la oligarquía latifundista-mercantil. Esto quedó claro al renunciar la burguesía a una reforma agraria efectiva, que hiriese el régimen actual de la propiedad de la tierra. La reforma agraria aprobada por el gobierno militar se ha limitado al intento de crear mejores condiciones para el desarrollo agrícola mediante la concentración de las inversiones y la formación de fondos para la asistencia técnica, dejando las expropiaciones para los casos críticos de conflicto por la posesión de la tierra. Se trata, en suma, de intensificar en el campo el proceso de capitalización que, por otra parte, además de exigir un plazo largo, no pudo realizarse en gran escala, en virtud de la recesión global de las inversiones.

Es necesario, empero, tener presente que no fue la necesidad de respaldo la única causa de esta situación. La contención salarial está vinculada, por un lado, al carácter agudo que tenía para la burguesía el alza de los precios agrícolas, puesto que éstos ya no pueden repercutir normalmente sobre el costo de la producción industrial. Por otra parte, la dictadura militar pasó a ejercer una estrecha vigilancia sobre el comportamiento de los precios agrícolas, y los mantuvo coercitivamente en un nivel tolerable para la industria. Finalmente, la razón determinante para el restablecimiento integral de 1937 es el desinterés relativo de la gran burguesía por una dinamización efectiva del mercado interno brasileño. Volveremos luego a este punto.

Otro aspecto de la actuación realizada por la dictadura militar consistió en la creación de estímulos y atractivos a las inversiones extranjeras, principalmente de Estados Unidos. Mediante la revocación de limitaciones a la acción del capital extranjero, como las que se establecían en la ley de exportación de utilidades, la concesión de privilegios a ciertos grupos, como pasó con la Hanna Corporation, y la firma de un acuerdo de garantías a las inversiones norteamericanas, se trató de atraer al país esos capitales. Simultáneamente, restringiendo el crédito a la producción (lo que lleva a las empresas a buscar el sostén del capital extranjero o ir a la quiebra, cuando son compradas a bajo precio por los grupos internacionales), estimulando la llamada “democratización del capital” (lo que en la fase de estancamiento implica facilitar al único sector fuerte de la economía, el extranjero, el acceso a por lo menos parte del control de las empresas), creando fondos estatales o privados de financiamiento basados en empréstitos externos, tributando fuertemente la hoja de salarios de las empresas (lo que las obliga a renovar su tecnología a fin de reducir la participación del trabajo y buscar la asociación con capitales extranjeros), el gobierno militar promueve la integración acelerada de la industria nacional a la norteamericana. El instrumento principal para alcanzar este objetivo fue el “Programa de Acción Económica del gobierno”, elaborado por la gestión de Castelo Branco para el período 1964-1966. Para atraer a los inversionistas extranjeros, sin embargo, el argumento principal que esgrimió el gobierno fue la baja de los costos de producción en el país, obtenida por la contención de las reivindicaciones de la clase obrera.

La política de integración al imperialismo tiene un doble efecto: aumentar la capacidad productiva de la industria gracias al impulso que da a las inversiones y a la racionalización tecnológica, y, en virtud de esta última, acelerar el desequilibrio existente entre el crecimiento industrial y la creación de empleos por la industria. No se trata, como vimos, sólo de reducir la oferta de empleos para los nuevos contingentes que llegan anualmente, en la proporción de un millón, al mercado de trabajo: implica también la reducción de la participación de la mano de obra ya en actividad, lo que aumenta fuertemente la incidencia del desempleo.

La integración imperialista subraya, pues, la tendencia del capitalismo industrial brasileño, que lo vuelve incapaz de crear mercados en la proporción de su desarrollo y, más aún, en términos relativos lo impulsa a restringir tales mercados. Se trata de una agudización de la ley general de acumulación capitalista, es decir, la absolutización de la tendencia al pauperismo, que lleva al estrangulamiento de la propia capacidad productiva del sistema, ya evidenciada por los altos índices de “capacidad ociosa” verificados en la industria brasileña aun en su fase de mayor expansión. La marcha de esa contradicción fundamental del capitalismo brasileño lo lleva a la más total irracionalidad, es decir, a expandir la producción mientras restringe cada vez más la posibilidad de crear para ella un mercado nacional, con lo cual comprime los niveles internos de consumo y aumenta constantemente el ejército industrial de reserva.

Esta contradicción no es propia del capitalismo brasileño, sino que es común al capitalismo en general. En los países capitalistas centrales, sin embargo, su incidencia ha sido contrarrestada de dos maneras: con el ajuste del proceso tecnológico a las condiciones propias de su mercado de trabajo y con la incorporación de mercados externos (entre ellos, el mismo Brasil) a sus economías. La irracionalidad del desarrollo capitalista en Brasil deriva precisamente de la imposibilidad en que se encuentra para controlar su proceso tecnológico, ya que la tecnología es para él un producto de importación —y su incorporación está condicionada por factores aleatorios como la posición de la balanza comercial y los movimientos externos de capital—, y también deriva de las circunstancias particulares que el país debe enfrentar para, repitiendo lo que hicieron los sistemas más antiguos, buscar en el exterior la solución al problema del mercado.

Prácticamente esto se traduce, en primer lugar, en el impulso de la economía brasileña hacia el exterior, en el afán de compensar con la conquista de mercados ya formados, principalmente en Latinoamérica, su incapacidad para ampliar el mercado interno. Esta forma del imperialismo conduce, sin embargo, a un subimperialismo. En efecto, no le es posible a la burguesía brasileña competir en mercados ya repartidos por los monopolios norteamericanos, y el fracaso de la política externa independiente de Quadros y Goulart lo demuestra. Por otra parte, esa burguesía depende para el desarrollo de su industria de una tecnología cuya creación es privativa de dichos monopolios. No le queda, pues, sino la alternativa de ofrecer a éstos una sociedad en el proceso mismo de producción en Brasil, y argumentar con las extraordinarias posibilidades de ganancias que la contención coercitiva del nivel salarial de la clase obrera contribuye a crear.

El capitalismo brasileño se ha orientado, así, hacia un desarrollo monstruoso, puesto que llega a la etapa imperialista antes de haber logrado el cambio global de la economía nacional y en una situación de dependencia creciente frente al imperialismo internacional. La consecuencia más importante de este hecho es que, al revés de lo que pasa con las economías capitalistas centrales, el subimperialismo brasileño no puede convertir la expoliación que pretende realizar en el exterior en un factor de elevación del nivel de vida interno, capaz de amortiguar el ímpetu de la lucha de clases; por el contrario, por la necesidad que experimenta de proporcionar un sobrelucro a su socio mayor norteamericano, tiene que agravar violentamente la explotación del trabajo en el marco de la economía nacional, en un esfuerzo por reducir sus costos de producción.

Se trata, en fin, de un sistema que ya no es capaz de atender a las aspiraciones de progreso material y de libertad política que hoy movilizan a las masas brasileñas. Inversamente, tiende a subrayar sus aspectos más irracionales, encauzando cantidades crecientes del excedente económico hacia el sector improductivo de la industria bélica y aumentando, por la necesidad de absorber parte de la mano de obra desempleada, sus efectivos militares. No crea, de esta manera, tan sólo las premisas para su expansión hacia el exterior: refuerza también internamente el militarismo, destinado a afianzar la dictadura abierta de clase que la burguesía se ha visto en la contingencia de implantar.

 

Revolución y lucha de clase

Es en esta perspectiva que se ha de determinar el verdadero carácter de la revolución brasileña. Por supuesto, nos referimos aquí a un proceso venidero, ya que hablar de él como de algo existente, en la fase contrarrevolucionaria que atraviesa el país, no tiene sentido. Identificar esa revolución con el desarrollo capitalista es una falacia similar a la de la imagen de una burguesía antiimperialista y antifeudal. El desarrollo industrial capitalista fue, en realidad, lo que prolongó en Brasil la vida del viejo sistema semicolonial de exportación. Su desarrollo, en lugar de liberar al país del imperialismo, lo vinculó a éste aún más estrechamente y acabó por conducirlo a la presente etapa subimperialista, que corresponde a la imposibilidad definitiva de un desarrollo capitalista autónomo en Brasil.

La noción de una “burguesía nacional” de poco alcance, capaz de realizar las tareas que la burguesía monopolista no llevó a cabo, no resiste, a su vez, el menor análisis. No se trata solamente de señalar que los intereses primarios de esos estratos burgueses son los de cualquier burguesía, es decir, la preservación del sistema contra toda amenaza proletaria, como lo demostró su respaldo al golpe militar de 1964. Se trata, principalmente, de ver que la actuación política de la llamada “burguesía nacional” expresa su rezago económico y tecnológico y corresponde a una posición reaccionaria, aun en relación con el desarrollo capitalista.

El motor del desarrollo está constituido, sin lugar a dudas, por la industria de bienes intermedios y de equipos, es decir, aquel sector donde reina soberana la burguesía monopolista asociada a los grupos extranjeros. Son las necesidades propias de tal sector las que impulsaron al capitalismo brasileño hacia la etapa subimperialista, único camino que encontró el sistema para seguir con su desarrollo. A esta alternativa, la “burguesía nacional” sólo puede contraponer una demagogia nacionalista y populista que apenas encubre su incapacidad para hacer frente a los problemas planteados por el desarrollo económico.

La prueba de ello está en que, a pesar de la fuerza que los sectores medios y pequeños de la burguesía disfrutaron en el período de Goulart, gracias a que sus representantes ideológicos ocupaban la mayoría de los puestos oficiales, no lograron encontrar una salida para la crisis económica que se avecinaba. Por el contrario, a medida que la evolución de la crisis se traducía en el incremento de las reivindicaciones populares y en la radicalización política, esos sectores se sumergieron en la perplejidad y el pánico, hasta el punto de entregar, sin resistencia, a la burguesía monopolista el liderazgo que tenían.

La política subimperialista de la gran burguesía, con su intento de compensar la caída de las ventas internas con la expansión exterior, no ha podido, sin embargo, aprovechar a la llamada “burguesía nacional”, la cual, en medio de quiebras y suspensiones de pagos se vio empujada a una situación desesperada. Aprovechándose de las dificultades encontradas para ejecutar la política subimperialista (dificultades determinadas en gran parte por el esfuerzo de guerra norteamericano en Vietnam y los cambios de la política argentina posteriores al golpe militar de 1966), esta burguesía maniobró para introducir modificaciones en la política económica del gobierno, a fin de aliviar su situación. Tales modificaciones se cifran, principalmente, en una liberación del crédito oficial, que si se realizara sin una correspondiente liberalización de los salarios, agravaría aún más la explotación de la clase obrera, y si se completara con la liberalización salarial, restauraría el impasse de 1963 que condujo a la implantación de la dictadura militar.

Es evidente, pues, que la búsqueda de soluciones intermedias, basadas en los intereses de los sectores burgueses más débiles, resulta impracticable o es susceptible de conducir, en un plazo más o menos corto, a la clase obrera y demás grupos asalariados a una situación peor que aquélla en la que se encuentran. Hay que recalcar que esto no sería posible sin un endurecimiento todavía mayor de los aparatos de represión y un agravamiento del carácter parasitario que tienden a asumir esos sectores burgueses con relación al Estado. En otras palabras, una política económica pequeñoburguesa, en las condiciones vigentes en Brasil, muy probablemente exigiría la implantación de un verdadero régimen fascista.

En cualquier caso, sin embargo, no se estaría dando solución al problema del desarrollo económico, que no puede ser logrado, como pretende la “burguesía nacional”, obstaculizando la incorporación del progreso tecnológico extranjero y estructurando la economía con base en unidades de baja capacidad productiva. Para las grandes masas del pueblo, el problema está, inversamente, en una organización económica que no sólo admita la incorporación del proceso tecnológico y la concentración de las unidades productivas, sino que las aceleren, sin que ello implique agravar la explotación del trabajo en el marco nacional y subordinar definitivamente la economía brasileña al imperialismo. Todo está en lograr una organización de la producción que permita el pleno aprovechamiento del excedente creado, vale decir, que aumente la capacidad de empleo y producción dentro del sistema y eleve los niveles de salario y de consumo. Como esto no es posible en el marco del sistema capitalista, no le queda al pueblo brasileño sino un camino: el ejercicio de una política obrera, de lucha por el socialismo.

A quienes niegan a la clase obrera de Brasil la madurez necesaria para ello, el análisis de la dialéctica del desarrollo capitalista del país ofrece una rotunda respuesta. Han sido, en efecto, las masas trabajadoras las que, con su movimiento propio e independiente de las consignas reformistas que recibían de sus directivas, han hecho crujir las articulaciones del sistema y determinado sus límites. Llevando adelante sus reivindicaciones económicas, que han repercutido en los costos de producción industrial, y atrayéndose la solidaridad de las clases explotadas en un vasto movimiento político, el proletariado ha agudizado la contradicción surgida entre la burguesía y la oligarquía terrateniente-mercantil e impedido a la primera el recurso a las inversiones extranjeras, forzándola a buscar el camino del desarrollo autónomo. Si al final la política burguesa no condujo sino a la capitulación y, más que a esto, a la reacción, es porque en verdad ya no existe para la burguesía la posibilidad de conducir a la sociedad brasileña hacia formas superiores de organización y de progreso material.

El verdadero estado de guerra civil implantado en Brasil por las clases dominantes, del cual la dictadura militar es expresión, no puede ser superado mediante fórmulas de compromiso con algunos estratos burgueses. La inanidad de esos compromisos, frente a la marcha implacable de las contradicciones que plantea el desarrollo del sistema, impulsa necesariamente a la clase obrera a las trincheras de la revolución. Por otra parte, el carácter internacional que la burguesía subimperialista pretende imprimir a su explotación identifica la lucha de clase del proletariado brasileño con la guerra antiimperialista que se libra en el continente.

Más que una redemocratización y una renacionalización, el contenido de la sociedad que surgirá de ese proceso será el de una democracia nueva y de una nueva economía, abiertas a la participación de las masas y vueltas hacia la satisfacción de sus necesidades. En ese marco, los estratos inferiores de la burguesía encontrarán, si quieren, y con carácter transitorio, un papel que desempeñar. Crear ese marco y dirigir su evolución es, sin embargo, una tarea que ningún reformismo podrá sustraer a la iniciativa de los trabajadores.

 

Notas

[1] Véase, como expresión más acabada de esta tendencia, la obra de Celso Furtado, A prérevolução brasileira, Río de Janeiro, s. e., 1962.

[2] Según la Fundación Getúlio Vargas, entidad semioficial, el producto nacional bruto de Brasil presentó las siguientes variaciones: 1956-1961, 7%; 1962, 5,4%; 1963, 1,6%; y 1964, 3%. En 1965 el PNB presentó sensible recuperación, aumentando en un 5%, pero la producción industrial propiamente dicha disminuyó casi en la misma proporción. Sólo a partir de 1967 la economía brasileña entró en una fase de recuperación.

[3] La refutación más radical de la tesis del dualismo estructural la hizo André Gunder Frank en su Capitalism and Underdevelopment in Latin America, Nueva York, Monthly Review Press, 1967.

[4] Datos proporcionados por la revista de la Confederación Nacional de la Industria del Brasil, Desenvolvimento & Conjuntura, Río de Janeiro, marzo de 1965.

[5] Ministerio de Planeamiento y Coordinación Económica de Brasil, Programa de Ação Econômica do Govêrno, 1964-1966, op. cit., pp. 120-121. A continuación, el documento señala explícitamente: “Si el país no logra invertir en un futuro próximo la tendencia desfavorable de la capacidad para importar de los últimos años, tal vez sea necesario racionar las importaciones más allá del mencionado margen de 30%, con lo que se comprometería no solamente la tasa de desarrollo económico, sino también la de la producción corriente”.

[6] Los datos sobre las inversiones norteamericanas en Latinoamérica y en Brasil fueron suministrados por el Departamento de Comercio de Estados Unidos, en su publicación U. S. Investments in the Latin American Economy, 1957.

[7] Principalmente porque las empresas y los accionistas extranjeros dependen de las divisas producidas por la exportación para remitir sus ganancias al exterior.

[8] La tasa de inflación se aceleró en 1959, pasando del promedio anual de 20% que presentara entre 1951-1958 a 52%. Después de atenuarse en 1960, aumentó progresivamente hasta alcanzar el 81% en 1963.

[9] Tomando como base el índice oficial del costo de vida, el Departamento Intersindical de Estadísticas y Estudios Socio-Económicos (DIEESE) de São Paulo demostró que en los primeros años del régimen militar, y frente a alzas del costo de la vida de 86% y 45,5%, respectivamente, los salarios aumentaron sólo en 83% en 1964 y 40% en 1965. En este último año la reducción del poder adquisitivo real del salario obrero fue del orden del 15,3%.