El concepto de trabajo productivo

Nota metodológica

 

Ruy Mauro Marini

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini.


Indice

Los desdoblamientos de un concepto
Trabajo y clase obrera


 

Desde el nacimiento de la economía política, el concepto de trabajo productivo se ha constituido en materia polémica. Tras la formulación inicial de la teoría del valor-trabajo, que tuvo sus epígonos en Boisguillebert y Adam Smith y echó por tierra la tesis de los fisiócratas, según la cual sólo la tierra y quienes la trabajan crean valor (lo que haría de la industria y del comercio actividades improductivas), cupo a Marx darle su forma definitiva. Esta ha inducido sin embargo a muchas equivocaciones, que se reducen en última instancia a identificar trabajo productivo y creación material de valor y, por ende, de plusvalía. La clase obrera se ha convertido así en sinónimo de proletariado industrial (lo que, en sentido amplio, no excluye evidentemente los asalariados del campo).

Ello se debe, en parte, a la equiparación a nivel teórico del Capítulo VI inédito de El Capital a El Capital mismo. Trátase, sin duda, de un error, dado que fue Marx y no otro quien descartó su inclusión en la obra, para retomar allí solamente parte de lo que tratara de establecer en dicho capítulo, con lo que éste reviste el status de mero borrador. Débese, además, a una incomprensión de la obra de Marx, resultado de una lectura parcial de la misma, que lleva a ignorar los sucesivos enriquecimientos de que es allí objeto el concepto de trabajo, de acuerdo al plan de exposición que Marx se trazó.

Los desdoblamientos de un concepto

Sin embargo, la definición avanzada por Marx en el Libro I, capítulo XIV, de que “dentro del capitalismo, sólo es productivo el obrero que produce plusvalía  o que trabaja por hacer rentable el capital” (I, p. 426, subrayados míos) [1], da cuenta perfectamente del conjunto del problema y contiene ya en embrión los desdoblamientos de que será objeto. Estos comienzan a aparecer en el Libro II, capítulo VI, cuando Marx distingue trabajo productivo y trabajo necesario o socialmente útil. Volveremos después a este punto.

Señalemos, por ahora, que la aplicación excluyente del concepto de clase obrera a los productores inmediatos de valores de uso es pasible de objeción. En efecto, desde el momento en que comienza a estudiar la subsunción real del trabajo al capital, en la sección IV del Libro I, dedicada a los procedimientos de extracción de plusvalía relativa, Marx señala que la cooperación simple, mediante la cual un grupo de obreros desempeña una operación productiva o, si esta se divide en más de una,  se descompone en diferentes grupos para ejecutarla, revela ya el carácter social del trabajo o la combinación de una serie de jornadas individuales del trabajo. En esta etapa del desarrollo capitalista, “la fuerza productiva específica de la jornada de trabajo combinada es la fuerza productiva social del trabajo o la fuerza productiva del trabajo social” (I, p. 265), aunque aparezca ya como fuerza productiva del capital.

La situación comienza a cambiar en la manufactura, cuando, tras la división del proceso productivo en un conjunto de operaciones diversas de duración desigual e incluso la combinación de varios procesos productivos, se reúnen obreros de distintos tipos y se establecen normas de proporcionalidad en el modo cómo la masa colectiva de trabajo debe ser distribuida. A partir de entonces “cada grupo o conjunto de obreros que ejecutan la misma función parcial está integrado por elementos homogéneos y forma un órgano especial dentro del mecanismo colectivo” (p. 281), que recurre incluso de manera esporádica al uso de máquinas. Pero “la maquinaria específica del período de la manufactura es, desde luego, el mismo obrero colectivo, producto de la combinación de muchos obreros parciales” (I, p. 283). Se promueve así la diferenciación en materia de calificación (y pues de educación) en el seno del obrero colectivo, que da lugar a obreros especializados y peones, cuyo resultado en ambos casos es la reducción del valor de su fuerza de trabajo, aunque de manera desigual (I, p. 284-285).

El proceso se completa con el advenimiento de la industria fabril, cuando la división del trabajo en la fábrica se vuelve puramente técnica:

... El grupo orgánico de la manufactura es sustituido por la concatenación del obrero principal con unos pocos auxiliares. La distinción esencial es la que se establece entre los obreros que trabajan efectivamente en las máquinas-herramientas (incluyendo también en esta categoría a los obreros que vigilan o alimentan las máquinas motrices) y los simples peones que ayudan a estos obreros mecánicos (y que son casi exclusivamente niños). Entre los peones se cuentan sobre poco más o menos todos los feeders (que se limitan a suministrar a las máquinas los materiales trabajados por ellas). Además de estas clases, que son las principales, hay el personal, poco importante numéricamente, encargado del control de toda la maquinaria y de las reparaciones continuas: ingenieros, mecánicos, carpinteros, etc. Trátase de una categoría de trabajadores de nivel superior, que en parte tienen una cultura científica y en parte son simplemente artesanos, y que se mueve al margen de la órbita de los obreros fabriles, como elementos agregados a ellos... (I, p.347-348).

Como vemos, el obrero colectivo comprende distintos tipos de trabajadores y se organiza en estratos diferenciados, en algunos de los cuales sus miembros se mueven “al margen” de los productores directos de valor. Sin embargo, involucrados como los demás en la esfera productiva, estos son parte integrante del obrero colectivo. Desde luego, el modo como se presentaba ese obrero colectivo a mediados del siglo pasado se ha modificado: ni los peones se constituyen hoy prioritariamente de niños ni el personal de nivel superior es numéricamente poco importante, además de haberse diversificado notablemente. Es así como, con base en entrevistas a empleados y dirigentes de la IBM, Reich estima que menos de 20 mil de sus 400 mil funcionarios están clasificados como obreros de producción empleados en la manufactura tradicional; la inmensa mayoría de su personal se dedica a otras actividades, como investigación, diseño, ingeniería, venta y prestación de servicios. [2]

Esto, por lo que se refiere a la producción. Pero la reproducción del capital no se agota en ella, sino que comprende a la circulación y la distribución, cuyas actividades corresponden, en general, al trabajo improductivo, desde que no afectan al valor creado  y no crean, pues, directamente plusvalía (salvo excepciones, como veremos). La ley general, aquí, es que “todos los gastos de circulación que responden simplemente a un cambio de forma de la mercancía no añaden a ésta ningún valor” (II, p. 132). Sin embargo, al considerar al trabajador de la circulación que se ocupa principalmente en la venta (así como en contabilidad, embalaje, clasificación etc.), Marx señala que él se paga mediante el desembolso de capital variable por parte del capitalista que opera en esa esfera, proporcionando al capitalista en cuestión una ganancia positiva y contribuyendo, pues, a hacer más rentable su capital. Por consiguiente, desde el punto de vista de la definición dada en el Libro I, estamos ante un trabajador productivo, dado que “hace rentable” el capital, cualquier que sea la forma bajo la cual éste se presenta. [3]

Los gastos de circulación referidos al almacenamiento de mercancías constituyen una variante: no se refieren a un cambio de forma, sino a la conservación del valor o, lo que es lo mismo, de su valor de uso, sin el cual no existiría valor alguno. Aunque represente una paralización de la circulación, el almacenamiento es paradojalmente condición de ésta, ya que “asegura la persistencia y continuidad del proceso de circulación y, por tanto, del proceso de reproducción...” (II, p 131) [4]. Señalemos que el almacenamiento abarca tanto a los bienes destinados al consumo como los que se refieren al capital constante fijo y circulante, y que en los cambios de forma que ha sufrido inciden el desarrollo del mercado mundial y de los medios de transporte. Como cualquier actividad económica, implica inversiones adicionales en capital constante y variable, que, aunque representen deducciones del valor social total y no dejen, pues, de ser gastos de circulación, se agregan al valor de las mercancías, “entran a formar parte de su  valor, es decir, encarecen éstas” (II, p. 123). Tales gastos envuelven los que se destinan al pago de la fuerza de trabajo empleada en esa actividad y, en la misma línea del razonamiento precedente, concurren a hacer más rentable el capital.

La única situación en que lo que aparece como gastos de circulación añade valor a la mercancía es la del transporte, por la sencilla razón de que “el valor de uso de las cosas puede exigir su desplazamiento de lugar y, por tanto, el proceso adicional de producción de la industria del transporte” (II, p. 133, subrayado mío, RMM). En este caso, se realiza una adición de valor, que, como subraya Marx, se descompone necesariamente en reposición de salarios y creación de plusvalía. El transporte representa así una actividad productiva embutida en la circulación y aquél que desempeña esa actividad es un trabajador productivo, al mismo título del que es objeto de estudio en el Libro I, vale decir el productor de valor de uso en el marco de un sistema de producción general de mercancías.

La cuestión del trabajo productivo, aunque claramente establecida desde el Libro I, como destacamos, sólo quedará completamente redondeada  en el capítulo XVII del Libro III, al estudiarse a los obreros asalariados mercantiles. La piedra de toque es aquí la distinción entre capital social y capital individual. Tras establecer que su situación no se distingue de la que rige al conjunto de clase obrera, [5] Marx se dedicará a explicar cómo los obreros comerciales “producen directamente ganancia para sus principales, aunque no produzcan directamente plusvalía (de que la ganancia no es más que una forma transfigurada)” (p. 286). Y la explicación no podría ser más sencilla: “Del mismo modo que el trabajo no retribuido del obrero crea directamente plusvalía para el capital productivo, el trabajo no retribuido de los obreros asalariados comerciales crea para el capital comercial una participación en aquella plusvalía” (III, p. 287). Lo mismo vale para los demás obreros de la circulación en aquellas actividades indispensables para que ésta tenga curso (banca, publicidad etc.). De allí quedan sin embargo naturalmente excluídos los trabajadores asalariados cuya remuneración corresponde simplemente a gastos de la plusvalía, como es el caso del empleado doméstico, del burócrata, los miembros del aparato represivo del Estado, por muy necesarios que sean al capital y al régimen político que le corresponde.

Trabajo y clase obrera

A partir de lo que hemos expuesto, es posible sostener que restringir la clase obrera a los trabajadores asalariados que producen la riqueza material, es decir, el valor de uso sobre el que reposa el concepto de valor, corresponde a perder de vista el proceso global de la reproducción capitalista. Como lo destaca repetidamente Marx, el desarrollo de la producción mercantil capitalista no hace sino acrecentar el número de trabajadores asalariados y, por tanto, de los obreros involucrados en el proceso de reproducción, sin que esto implique ni mucho menos, como se ha pretendido, que Marx concibiera una sociedad formada exclusivamente por capitalistas y obreros.[6]Desde el punto de vista estrictamente económico, la tendencia del sistema es la aumentar, nunca de disminuir, la clase obrera, es decir, aquella categoría social formada por trabajadores pagados mediante la inversión de capital variable y cuya remuneración es siempre inferior al valor del producto de su trabajo. Si, por un lado, debido al aumento de la productividad del trabajo, tiende a reducirse la cantidad de trabajadores ligados directamente a la producción, se incrementa, por otro lado, el número de los que se emplean en las esferas de la circulación y la distribución.

Trabajo productivo e improductivo son, pues, conceptos históricamente determinados, referidos a las actividades que contribuyen a valorizar o a hacer rentable el capital. Sólo en un régimen de organización superior, basado en fuerzas productivas aún más poderosas, será posible superar el concepto capitalista de trabajo en favor del de trabajo necesario o socialmente útil, cuando tiende entonces a crecer en progresión geométrica la masa de recursos, incluido el trabajo, dedicados a atender a las necesidades del hombre en su sentido más amplio. Esto se ha anunciado ya en los países que intentaron o están en vías de intentar formas distintas de organización económica, a través del socialismo. Ahí está, bajo nuestros ojos, el ejemplo de Cuba, que, pese a sus problemas económicos, ha tenido un desarrollo social (en materia de educación, salud, previsión social) infinitamente superior a muchos países capitalistas industrialmente avanzados.

Siempre es verdad que la diversificación de actividades que el desarrollo capitalista ha inducido, sobre todo en esta era de formidable avance tecnológico y globalización, crea dificultades para definir y cuantificar a la clase obrera. La incidencia del conocimiento en el proceso de producción, por ejemplo, ha llevado a que se constatara que, en la IBM, en 1984, el 80% del costo de una computadora correspondía a su hardware, vale decir a la máquina misma, y el 20% al software, el sistema operacional y los aplicativos que en él se utilizan; pero, en 1990, esa proporción se había invertido, haciendo que sólo el 10% del precio de costo estuviera referido al proceso físico de producción del equipo, es decir, a la producción material en sí [7]. En consecuencia, las actividades allí realizadas -salvo las que, una vez determinadas, se encuadrasen en la categoría de servicios- quedaban en el marco del trabajo productivo y, desde el punto de vista estrictamente económico, insistamos en ello, se encontraban referidas a la clase obrera.

Un primer paso para, sin abandonar la economía, dilucidar el problema planteado sobre lo qué es la clase obrera consiste en recurrir al origen del papel que desempeña el trabajador asalariado; vale decir en saber si ese papel corresponde a un desdoblamiento del proceso de trabajo o si corresponde a un desdoblamiento de la función del capitalista, que Marx resume como: dirección, vigilancia y enlace (p. 267) [8]. Es obvio que, si corresponde al último caso, el trabajador asalariado queda excluido de la clase obrera, aún si su salario, su educación, sus costumbres y su ambiente social lo llevan a confundirse con ella.  Basta observar su comportamiento en un momento cualquiera de agudización de la lucha de clases -una huelga, por ejemplo- para comprobar esto.

El paso siguiente tiene que darse necesariamente fuera de la economía. La procedencia social, los mecanismos de movilidad a que están sujetos, la educación, el ambiente familiar y de trabajo de los individuos modifican su comportamiento y, más que eso, moldean su visión del mundo y la percepción que ellos tienen de sí mismos. Para definir una clase social en un momento histórico dado no basta, pues, considerar la posición que objetivamente ocupan los hombres en la reproducción material de la sociedad. Es necesario, además, considerar los factores sociales e ideológicos que determinan su conciencia en relación al papel que en ella creen desempeñar. Pese a las críticas que ha sufrido esta asertiva, sólo en última instancia la base económica determina la conciencia. Y lo hace mediante la dinámica social concreta, es decir, a través de la lucha de clases. Y a tal punto que, en circunstancias dadas, aún trabajadores que, por su posición en la reproducción económica, no están incluídos directamente en la clase obrera o que se consideran ajenos a ella pueden coincidir con sus aspiraciones y asimilarse al movimiento obrero [9].

Ello se debe a que, más allá de la conciencia que puedan tener de su pertenencia de clase, los obreros productivos o improductivos, cualquier que sea la modalidad bajo la cual realizan su trabajo y el ámbito donde lo hacen, del mismo modo que otras clases o fracciones de clase sometidas al capital, tienen intereses comunes, cuya percepción establece la base posible de un proyecto de vida solidario. Esta es la razón por la cual todas las instituciones y mecanismos del juego político que caracterizan a la sociedad burguesa, así como sus variadas expresiones ideológicas, visan a bloquear esa percepción, a disolver la unidad latente entre los trabajadores antes que esta tome forma, a cerrarle el paso a la comprensión de los hechos reales que constituyen la esencia del orden capitalista y de su desarrollo.

Para contrarrestar la acción desagregadora que realiza el capital, no queda sino reflexionar sobre esos hechos, buscando discernir en qué consisten y hacia donde tienden. Antes de abandonar el campo del marxismo, como lo están haciendo muchos por desinformación, perplejidad o por interés, habría que agotar primero las posibilidades que él nos ofrece para proceder a esa reflexión. De mi parte, estoy convencido que ello nos llevará a un redescubrimiento de la clase obrera  y del papel que puede ser hoy el suyo en la tarea de pensar y construir un mundo mejor.

Notas

1. Las referencias a Marx que van entre paréntesis corresponden a la edición de El Capital, México, FCE.

 2. Cf. Reich, R. B., The Work of Nations, N. York, Vintage Books, 1992, pp. 85-86.

3. La conclusión de Marx va en este sentido: “Para el capitalista industrial los gastos de circulación aparecen y son en realidad gastos muertos. Para el comerciante son la fuente de su ganancia... Por consiguiente, la inversión que suponen estos gastos de circulación es, para el capital mercantil, una inversión productiva. Y también el trabajo comercial comprado por él es, para él, un trabajo directamente productivo”. Marx, El Capital, op. cit., III, p. 294, subrayados míos. Planteada la cuestión en estos términos, el trabajo productivo es aquel que permite al capital producir o apropiarse de plusvalía.

4. Autores menos avisados ubican al sistema llamado just-in-time prácticamente al nivel de las grandes innovaciones tecnológicas contemporáneas. De hecho, aunque dependa de éstas, ya que supone mayor sincronización y padronización de la producción, el just-in-time es simplemente un mecanismo destinado a superar esa contradicción, en la medida en que reduce los stocks de insumos requeridos en el proceso de producción, contribuyendo a acortar el tiempo de rotación y, pues, a bajar los costos de circulación, factores que influyen decisivamente en la cuota de ganancia. Su importancia es determinante para la  subordinación de los productores de insumos a los grandes industriales -lo que, sea dicho de paso, corresponde a una forma disfrazada de centralización del capital, del mismo modo que la tercerización de la producción-.

5. “... este obrero comercial es un obrero asalariado como otro cualquiera. En primer lugar, porque su trabajo es comprado por el capital variable del comerciante y no por el dinero gastado como renta, lo que quiere decir que no se compra simplemente para el servicio desembolsado. En segundo lugar, porque el valor de su fuerza de trabajo y, por tanto, su salario, se halla determinado, al igual que en los demás obreros asalariados, por el costo de producción de su fuerza de trabajo específica y no por el producto de su trabajo.” (p. 286)

6. Este equívoco deriva del hecho de que, al construir sus esquemas de reproducción, en la tercera sección del Libro II de El Capital, Marx adopta esa premisa, por razones que hemos analizado en otra oportunidad. Cf. mi ensayo “Plusvalía extraordinaria y acumulación de capital”, Cuadernos Políticos (México), n. 20, abril-junio de 1979, especialmente pp. 20-21. Y, refiriéndose a la obra Reforma social o revolución?, Grossmann destaca: “Ya en 1899, Rosa Luxemburgo comprueba en su polémica contra Bernstein que el análisis de Marx ‘no supone... para la realización del objetivo socialista... la desaparición absoluta del pequeño capital y... de la pequeña burguesía, como condición para que pueda lograrse  el socialismo`”. Grossmann, H., Ensayos sobre la teoría de las crisis. Dialéctica y metodología en “El Capital”, México, Cuadernos de Pasado y Presente n. 79, 1979, p. 143.

7. Reich, op. cit., pp. 83 ss.

8. “Al desarrollarse la cooperación en gran escala, este despotismo [del capital, RMM} va presentando sus formas peculiares y sus características; primero, tan pronto como su capital alcanza un límite mínimo, a partir del cual comienza la verdadera producción capitalista, el patrono se exime del trabajo manual; luego, confía la función de vigilar directa y constantemente a los obreros aislados y a los grupos de obreros a una categoría especial de obreros asalariados. Lo mismo que los ejércitos militares, el ejército obrero puesto bajo el mando del mismo capital reclama toda una serie de jefes (directores, gerentes, managers) y oficiales (inspectores, foremen, overlookers, capataces, contramaestres), que durante el proceso de trabajo llevan el mando en nombre del capital.” (I, p. 268).

9. La adhesión de los trabajadores intelectuales: profesores, estudiantes, profesionales, empleados públicos a valores de inspiración obrera, que fue una marca distintiva de los movimientos de 1968, resultó de la práctica de esos sectores que, en su movilización por mejores condiciones de vida y de trabajo, empezaron a adoptar formas de organización y lucha como el sindicato y la huelga. Esto se ha podido observar claramente en América Latina desde principios de aquella década y no sólo aquí. Los años 70 asistieron al auge de esa tendencia, que hoy se encuentra en declinación.

 

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