Subdesarrollo y revolución

Ruy Mauro Marini

... todo nuestro esfuerzo está destinado a invitar a pensar, a abordar el marxismo con la seriedad que esta gigantesca doctrina merece.

Ernesto Che Guevara

 

Fuente: Ruy Mauro Marini, Subdesarrollo y revolución, capítulo 1, Siglo XXI Editores, México, (quinta edición) 1974, pp. 1-25.


Indice

La vinculación al mercado mundial

La integración imperialista de los sistemas de producción

La lucha por el desarrollo capitalista autónomo

El fracaso de la burguesía

El desarrollo capitalista integrado

El futuro de la revolución latinoamericana


 

La historia del subdesarrollo latinoamericano es la historia del desarrollo del sistema capitalista mundial. Su estudio es indispensable para quien desee comprender la situación a la que se enfrenta actualmente este sistema y las perspectivas que se le abren. Inversamente, sólo la comprensión segura de la evolución y de los mecanismos que caracterizan a la economía capitalista mundial proporciona el marco adecuado para ubicar y analizar la problemática de América Latina.

Las simplificaciones en las que, por su limitación natural, incurra este trabajo no deben hacer olvidar al lector esa premisa fundamental.

La vinculación al mercado mundial

América Latina surge como tal al incorporarse al sistema capitalista en formación, es decir, cuando la expansión mercantilista europea del siglo XVI. La decadencia de los países ibéricos, que se posesionaron primero de los territorios americanos, engendra en éstos situaciones conflictivas, resultantes de los avances que sobre ellos intentan las demás potencias europeas. Mas es Inglaterra, mediante la dominación que acaba por imponer a Portugal y España, la que predomina finalmente en el control y en la explotación de los mismos.

En el curso de los tres primeros cuartos del siglo XIX, y concomitantemente a la afirmación definitiva del capitalismo industrial en Europa, sobre todo en Inglaterra, la región latinoamericana es llamada a una participación más activa en el mercado mundial, ya como productora de materias primas, ya como consumidora de una parte de la producción liviana europea. La ruptura del monopolio colonial ibérico se impone entonces como una necesidad, desencadenando el proceso de la independencia política, cuyo ciclo queda prácticamente terminado al final del primer cuarto de siglo, dando como resultado las fronteras nacionales que, por lo general, rigen todavía en nuestros días. A partir de este momento, tiene lugar la integración dinámica de los nuevos países al mercado mundial, la cual asume dos modalidades principales que corresponden a las posibilidades reales de cada uno para realizar dicha integración y a los cambios que va sufriendo ésta en función del avance de la industrialización en los países centrales[1].

Así, en un primer momento, son aquellos países que presentan una cierta infraestructura económica, desarrollada en la fase colonial, y que se muestran capaces de crear condiciones políticas relativamente estables, los que responden más prontamente a las exigencias de la demanda internacional. Chile, Brasil, y un poco después, Argentina, incrementan sensiblemente en ese período su intercambio con las metrópolis europeas, basado en la exportación de alimentos y materias primas como cereales, cobre, azúcar, café, carnes, cueros y lanas. Paralelamente, utilizando inclusive los créditos que para ello les suministra Inglaterra, aumentan sus importaciones de bienes de consumo no durable y dan comienzo a la construcción de un sistema de transportes, mediante obras portuarias y los primeros ferrocarriles, con lo que abren un mercado suplementario a la incipiente producción pesada europea.

A partir de 1875, se hacen sentir ciertos cambios en el capitalismo internacional. Nuevas potencias se proyectan hacia el exterior, sobre todo Alemania y Estados Unidos, y estos últimos empiezan a desarrollar una política propia en el continente latinoamericano que choca muchas veces con los intereses británicos. En el campo mismo del comercio, la influencia norteamericana es considerable, registrándose en algunos países, principalmente Brasil, la tendencia a desplazar sus exportaciones hacia la nueva potencia del norte [2].

Asimismo, en los países centrales aumenta el desarrollo de la industria pesada y la tecnología correspondiente, y la economía se orienta hacia una mayor concentración de las unidades productivas, dando lugar al surgimiento de los monopolios. Estos rasgos, logrados por la acumulación de capital efectuada en las etapas anteriores, aceleran este proceso y fuerzan al capital a buscar campos de aplicación fuera de las fronteras nacionales, mediante empréstitos públicos y privados, financiamientos, inversiones de cartera y, en menor medida, inversiones directas. A diferencia, pues, de los créditos externos que utilizaban antes y que correspondían a operaciones comerciales compensatorias, la función que asume ahora el capital extranjero en América Latina es sustraer abiertamente una parte de la plusvalía que se genera dentro de cada economía nacional, lo que incrementa la concentración del capital en las economías centrales y alimenta el proceso de expansión imperialista.

En parte por el efecto multiplicador de la infraestructura de transportes y del aflujo de capital extranjero, mas sobre todo por la aceleración del proceso de industrialización y de urbanización en los países centrales, la cual infla la demanda mundial de materias primas y alimentos, la economía exportadora latinoamericana experimenta un auge sin precedentes. Este auge está, sin embargo, marcado por una acentuación de su dependencia frente a los países industrializados, a tal punto que los nuevos países que se vinculan en este momento, de manera dinámica, al mercado mundial, desarrollan una modalidad particular de integración.

En efecto, el desarrollo del principal sector de exportación, tiende, en estos países, a ser asegurado por el capital extranjero mediante inversiones directas, quedando a las clases dominantes nacionales el control de actividades secundarias de exportación o la explotación del mercado interno [3]. Aun países que, como Chile, se habían integrado dinámicamente a la economía capitalista en su fase anterior, ven caer entonces su principal producto de exportación (el salitre primero, el cobre después) en manos del capital extranjero, mientras que, en Argentina, éste posee los frigoríficos y, en Brasil, controla la exportación del café.

Este hecho, aunque no cambie en lo fundamental el principio en que reposa la economía dependiente latinoamericana, tiene implicaciones de cierto alcance. En efecto, a diferencia de lo que sucede en los países capitalistas centrales, donde la actividad económica está supeditada a la relación existente entre las tasas internas de plusvalía y de inversión, en los países dependientes el mecanismo económico básico deriva de la relación exportación-importación: aunque se obtenga en el interior de la economía, la plusvalía se realiza en la esfera del mercado externo mediante la actividad de exportación, y se traduce en ingresos que se aplican, en su mayor parte, en importaciones. La diferencia entre el valor de la exportación y de las importaciones, es decir, el excedente invertible, sufre pues la acción directa de factores externos a la economía nacional.

Sin embargo, en los países en que la actividad principal de exportación está bajo el control de las clases dominantes locales, existe una cierta autonomía —condicionada evidentemente por la dependencia de la economía frente al mercado mundial— en cuanto a las decisiones de inversión. Por lo general, el excedente se aplica en el sector más rentable de la economía, que es precisamente la actividad de exportación que más lo produjo (lo que explica la afirmación de la tendencia a la monoproducción), pero, ya para atender al consumo de capas de la población que no tienen acceso a los bienes importados, ya como defensa contra las crisis cíclicas que afectan regularmente a las economías centrales, se orienta también hacia actividades vinculadas al mercado interno. Es así como en algunos países, como Argentina, Brasil, Uruguay, al lado de una industria vinculada esencialmente a la exportación (frigoríficos, molinos de harina, etc.), llega a desarrollarse una industria liviana que produce para el mercado interno, la cual rebasa el nivel artesanal y da lugar progresivamente a la implantación de núcleos fabriles de relativa importancia.

Distinta es la situación de los países cuya principal actividad de exportación se encuentra en manos de capitalistas extranjeros. La plusvalía lograda en la esfera del comercio mundial pertenece a capitalistas foráneos, y sólo una parte de ella —cuya magnitud varía según el poder de discusión de su interlocutor— pasa a la economía nacional mediante derechos e impuestos pagados al Estado [4]. De esto se derivan dos consecuencias: redistribuida a las clases dominantes locales —que por ello bregan por el control del Estado— esta parte de la plusvalía se convierte en demanda de bienes importados, reduciendo considerablemente el excedente invertible; asimismo, la parte de la plusvalía que permanece en manos del capitalista extranjero sólo se invierte en el país si las condiciones de la economía central lo exigen; no solamente se sustraen regularmente del país, mediante la exportación de beneficios, partes sustanciales de la misma, sino que también, en los ciclos de depresión en la metrópoli, ella fluye íntegramente hacia ésta.

De esta manera, con mayor o menor grado de dependencia, la economía que se crea en los países latinoamericanos, a lo largo del siglo XIX y en las primeras décadas del actual, es una economía exportadora, especializada en la producción de unos cuantos bienes primarios. Una parte variable de la plusvalía que ahí se produce es drenada hacia las economías centrales, ya sea mediante la estructura de precios vigente en el mercado mundial y las prácticas financieras impuestas por esas economías, o a través de la acción directa de los inversionistas foráneos en el campo de la producción.

Las clases dominantes locales tratan de resarcirse de esta pérdida aumentando el valor absoluto de la plusvalía creada por los trabajadores agrícolas o mineros, es decir, sometiéndolos a un proceso de superexplotación. La superexplotación del trabajo constituye así el principio fundamental de la economía subdesarrollada, con todo lo que implica en materia de bajos salarios, falta de oportunidades de empleo, analfabetismo, subnutrición y represión policiaca.

La integración imperialista de los sistemas de producción

La consolidación del imperialismo como forma dominante del capitalismo internacional no se realiza tranquilamente. En el curso de su evolución, tendrá que pasar por un período extremadamente difícil, que se abre con la guerra de reparto colonial de 1914, progresa con la desorganización impuesta al mercado mundial por la crisis de 1929 y culmina con la guerra por la hegemonía mundial de 1939. La economía que emerge de este proceso restablece la tendencia integradora del imperialismo a un nivel más alto que el precedente, en la medida en que afirma definitivamente la integración en la esfera del mercado e impulsa la etapa de la integración de los sistemas de producción comprendidos en su radio de acción.

En su aspecto más global, este proceso da lugar a tendencias contradictorias. Por un lado, refuerza el sistema imperialista, conformando un centro hegemónico de poder —Estados Unidos de Norteamérica— que impulsa y coordina la integración, al mismo tiempo que la afianza con su poderío militar. Por otro lado, conduce al surgimiento de un campo de fuerzas opuestas: el campo socialista, que nace y se desarrolla en el fuego de los conflictos engendrados por la integración imperialista.

Aun limitándonos, por las exigencias de esté ensayo, al análisis de lo que sucede en el interior del sistema imperialista, no podemos ahondar en el estudio de los fenómenos que se verifican en las economías centrales. Señalemos tan sólo que el proceso de integración se acompaña de un incremento acelerado del sector de bienes de capital, particularmente notable en las industrias que, dentro de ese sector, se encuentran vinculadas a la producción bélica. Paralelamente, se produce una hipertrofia del aparato estatal, que se convierte en el principal agente de producción y consumo de la economía, especialmente en lo referente a la industria de guerra.

Si es cierto que la estatización y la militarización imperialistas se realizan en función del campo socialista, también es cierto que obedecen a la dinámica propia del sistema y expresan los mecanismos básicos que lo rigen. En último término, esta dinámica y estos mecanismos están referidos a la acumulación del capital en el interior del sistema, la cual tiende a concentrar —mediante la superexplotación del trabajo en las economías periféricas— partes siempre crecientes de la plusvalía en los centros integradores. El aumento del excedente invertible de que éstos disponen, por mucho que sea malgastado en actividades no productivas, como la industria bélica y la publicidad, acarrea un incremento constante de las inversiones directas en las economías periféricas, a través de las cuales se realiza progresivamente la integración del sistema productivo de éstas al sistema del centro integrador.

Este proceso va aunado al crecimiento y a la diversificación del sistema periférico. En efecto, la crisis del mercado imperialista, que estalla en la segunda década del siglo actual, tiene como consecuencia más importante la de inviabilizar la antigua forma de vinculación al mismo que se había impuesto en América Latina, es decir, la forma de la economía primaria exportadora. Ello se manifiesta como una tendencia permanente, que no se circunscribe sólo a los períodos de retracción del mercado mundial: por el contrario, tanto por el surgimiento de nuevas regiones productoras (impulsado por la expansión imperialista) como por el desarrollo de producciones similares o sustitutos artificiales en las mismas economías centrales, se reducen constantemente las posibilidades de comercio de América Latina, al mismo tiempo que declinan los términos de intercambio.

La crisis del sector externo, representada por las restricciones a la exportación y las dificultades resultantes para satisfacer el consumo interno mediante importaciones, exigía un cambio de actividad económica en la región. La industrialización sustitutiva de importaciones se impuso, pues, en líneas generales, en todos los países latinoamericanos, según las posibilidades reales de su mercado interno y, en consecuencia, del grado de desarrollo logrado en la etapa anterior. Desde 1920 hasta principios de los años 50, muchos países se lanzan por este camino y algunos, como Argentina, Brasil y México, llegan a crear una industria liviana capaz de satisfacer en lo esencial la demanda interna de bienes de consumo no durable.

El hecho que más llama la atención es el carácter relativamente pacífico que asume el tránsito de la economía agraria a la economía industrial en América Latina, en contraste con lo que ocurrió en Europa. Esto ha traído como resultado que muchos estudiosos mantuviesen equivocadamente la tesis de que la revolución burguesa latinoamericana está todavía por hacerse. Aunque sea cierto que la revolución burguesa no se ha realizado en América Latina, según los cánones europeos, este planteamiento es engañoso, ya que no considera que esto se debió a las condiciones objetivas dentro de las cuales se desarrolló la industrialización latinoamericana.

Recordemos, en efecto, que la industria que aquí se desarrolla, en el siglo XIX, tiene un papel complementario al sector de la exportación. Sólo en algunos países, impulsada por las crisis cíclicas del mercado mundial y el crecimiento de la población urbana, constituida en su mayor parte por masas de bajo poder adquisitivo, se desarrolla una industria de bienes de consumo de base marcadamente artesanal.

En el primer caso, los intereses de la industria coinciden rigurosamente con los del sector agrario-mercantil y su despliegue no acarrea una diferenciación efectiva en el seno de las clases dominantes. En el segundo, la clase industrial, que se incluye entre las clases medias urbanas, se constituye por lo general de inmigrantes, quienes, al no integrarse plenamente a la sociedad, no llegan a participar activamente en los choques de intereses que allí se verifican. Proporcionarán, sin embargo, un soporte real para la ideología de clase media que se desenvuelve entonces, proteccionista en lo económico y liberal en lo político, la cual sólo se afirmará allí donde algunos sectores dominantes, entrando en conflicto con los grupos más privilegiados o necesitando enfrentarse a la competencia externa, se hacen eco de ella [5].

Como quiera que sea, la existencia de este sector industrial dedicado al mercado interno ofrece la base objetiva para un cambio de actividad económica cuando sobreviene la crisis del mercado mundial. La restricción de las importaciones le abre nuevas posibilidades de crecimiento, con el objeto de atender la demanda interna insatisfecha. Por otra parte, este sector se va a beneficiar con el excedente económico producido en la actividad exportadora, mediante la disminución de las oportunidades de inversión que allí se verifica y la tendencia de ese excedente a fluir, a través del sistema bancario, hacia la industria.

El eje del problema reside precisamente en este punto. El sector exportador había sabido defenderse de la coyuntura de depresión vigente en el mercado mundial, ya adoptando políticas de defensa del empleo manifestadas en la compra y la formación de existencias por el Estado (como pasa con el café, en Brasil), ya estableciendo acuerdos comerciales desventajosos, que garantizaban, empero, la salida de la producción (el acuerdo Roca-Runciman, firmado por Argentina e Inglaterra). En estas condiciones, dicho sector mantenía su actividad y. correlativamente, por las dificultades experimentadas para importar, ejercía una presión estimulante sobre la oferta interna, creando la demanda efectiva que la industria trataría de satisfacer.

Es este mecanismo lo que explica que, a pesar de algunos desajustes eventuales en sus relaciones, la burguesía agrario-mercantil y la burguesía industrial ascendente hayan podido pactar en provecho mutuo. El Estado que así se establece es un Estado de compromiso, que refleja la complementariedad objetiva que cimentaba sus relaciones. Sólo en aquellos países donde el sector exportador, controlado directamente por el capital extranjero, no disponía de las condiciones necesarias para cambiar su orientación es que las tensiones se hicieron más graves, dando lugar a conflictos radicales que terminaron, sin embargo, por conducir a una situación de represión impuesta por las antiguas clases dominantes, la cual se tradujo en un relativo estancamiento económico.

La lucha por el desarrollo capitalista autónomo

El pacto firmado entre la burguesía agrario-mercantil y la burguesía industrial expresaba una cooperación antagónica y no excluía, pues, los choques de intereses en el seno de la coalición dominante. Las divergencias en materia de política cambiaria y de crédito, los intentos constantes de la burguesía industrial para canalizar hacia sí el excedente generado en el sector exportador, su propósito de asegurar a través del Estado el desarrollo de sectores básicos fueron causas de conflictos interburgueses constantes, que se manifestaron por una inestabilidad política superficial, la cual nunca puso en jaque los cimientos mismos del poder. Tales tensiones resultaban, en último término, de los movimientos del polo económico vinculado al mercado interno, en su progresión para liberarse de la dependencia del polo externo e imponerle a éste su predominio.

La aceleración que, en el curso de la segunda guerra mundial, se produce en el proceso de industrialización latinoamericano y que lanza a nuevos países, como Venezuela, al camino que habían recorrido desde los años treinta Argentina, Brasil y México, refuerza considerablemente el polo interno y crea las condiciones para una lucha más abierta por el predominio dentro de la coalición dominante. En esta lucha, la burguesía industrial echará mano de la presión de las masas citadinas, que aumentaron considerablemente en el período precedente, en el marco de un juego político conocido corrientemente por "populismo". Su fruto será el establecimiento de regímenes de tipo bonapartista, cuyo ejemplo más claro es el gobierno de Perón.

Históricamente, y desde el punto de vista del desarrollo de las fuerzas productivas, esta situación corresponde al término de la etapa de la industrialización de primer grado, sustitutiva de bienes de consumo no durable, y la necesidad de implantar una industria pesada, productora de bienes intermedios, de consumo durable y de capital. La burguesía industrial toma conciencia de esta situación, en principio, por el agotamiento relativo con que choca en el mercado interno la expansión de la industria ligera, de primer grado. Esto la impulsa a intentar la ampliación de la escala de mercado, ya mediante la apertura de frentes externos (política seguida inicialmente por Perón), ya a través de la dinamización del mismo mercado interno, mediante políticas de redistribución del ingreso, que van desde el aumento de salarios hasta el planteamiento de una reforma agraria (lo que sucedió, un poco, con Perón y más con Vargas, en su segundo período de gobierno, 1950-54). Sin embargo, el bloqueo al que se enfrenta la expansión de la industria ligera, aunado a las dificultades para importar los bienes intermedios y equipos necesarios, conducen a la burguesía a encarar la segunda etapa del proceso de industrialización, es decir, la creación de una industria pesada.

En la medida en que esto se combina con la exigencia de ampliar el mercado para la industria liviana y exige un mayor excedente de capital invertible, se hace necesario aumentar las transferencias de capital desde el sector exportador y poner de pie protecciones arancelarias que defiendan el mercado nacional. Es por lo que la burguesía choca simultáneamente con la clase latifundista-mercantil y con los trusts internacionales a los que está conectada la economía por sus actividades de exportación e importación.

El bonapartismo se plantea, en esta perspectiva, como el recurso político de que se sirve la burguesía para enfrentarse a sus adversarios. Basándose en las masas populares urbanas, a las que seduce por su fraseología populista y nacionalista, pero más concretamente por sus intentos de redistribución del ingreso, ella intenta poner de pie un nuevo esquema de poder, en el cual, mediante el apoyo de las clases medias y del proletariado y sin romper el esquema de colaboración vigente, le sea posible sobreponerse a las antiguas clases terrateniente y mercantil. Por las implicaciones que tiene en las relaciones económicas con el centro imperialista hegemónico, ello tiende a combinarse con la búsqueda de fórmulas capaces de promover el desarrollo capitalista autónomo del país.

Conviene aquí subrayar que estos cambios en América Latina se hacen visibles en el momento mismo en que, reorganizado el mercado mundial bajo la hegemonía de Estados Unidos, el imperialismo afirma su tendencia a la integración de los sistemas de producción. Esta es movida por dos razones fundamentales, de las cuales la primera tiene que ver con el avance de la concentración de capital en escala mundial, lo que pone en manos de las grandes compañías internacionales una superabundancia de recursos invertibles que necesitan buscar nuevos campos de aplicación en el exterior. La tendencia declinante del mercado de materias primas y el hecho de que, durante la fase de desorganización de la economía mundial, se desarrolló en las economías periféricas un sector industrial vinculado al mercado interno, hace que sea este sector el que atraiga al capital extranjero que busca oportunidades de inversión.

La segunda razón de la integración de los sistemas de producción es dada por el gran desarrollo del sector de bienes de capital en las economías centrales, el cual fue acompañado de una aceleración considerable del progreso tecnológico. Esto hizo, por un lado, que el tipo de equipos producidos, siempre más sofisticados, debiesen aplicarse a actividades más elaboradas del tipo industrial en los países periféricos, existiendo interés, por parte de las economías centrales, de impulsar allí el proceso de industrialización. Por otro lado, en la medida en que el ritmo del progreso técnico redujo en los países centrales el plazo de reposición del capital fijo de un promedio de ocho a uno de cuatro años [6], surgió la necesidad, para esos países, de exportar a la periferia equipos y maquinarias que resultaron obsoletos tempranamente, mas aún no totalmente amortizados.

Entonces, en el momento en que las burguesías nacionales de los países latinoamericanos se plantean la conveniencia de desarrollar su propio sector de bienes de capital, chocan con el asedio del capital extranjero, que las presiona para penetrar en la economía y allí implantar ese sector. Es natural, por lo tanto, que buscando defender su plusvalía y su campo mismo de inversión (recordemos que el campo de inversión representado por la industria ligera daba señales de agotamiento), la primera reacción de esas burguesías haya sido la de resistir el asedio, por lo que formulan una ideología nacionalista, que se orienta hacia la definición de un modelo de desarrollo capitalista autónomo. Pero también se comprende que, aunado al conflicto que ya sostienen con las antiguas clases dominantes internas, la apertura de este segundo frente de lucha haya conducido al fracaso al conjunto de la política burguesa.

El fracaso de la burguesía

La causa fundamental de este fracaso se debe, en último término, a la imposibilidad de la industria para sobreponerse al condicionamiento que le ha impuesto el sector externo, desde sus primeros pasos. Atendiendo a la demanda creada por las clases ricas y utilizando una tecnología importada de los países centrales, cuya característica principal es ahorrar mano de obra, la industria latinoamericana se encontró con un mercado reducido, que trataba de compensar utilizando abusivamente la relación precio-salarios. Esto era posible justamente porque, empleando una tecnología ahorrativa de mano de obra, la industria afrontaba una oferta de trabajo en constante expansión, lo que le permitía fijar los salarios a su más bajo nivel. En contrapartida, el crecimiento del mercado era extremadamente lento y no se podía compensar sino mediante el alza de precios, es decir, la inflación.

Cuando se plantea el problema de la creación de una industria pesada, la burguesía industrial se inclina inicialmente, como vimos, hacia la reformulación de ese esquema. En este sentido, trata de movilizar instrumentos capaces de ampliar la escala del mercado, así como de acelerar la transferencia hacia el sector industrial del excedente creado por las exportaciones. Sin embargo, en su afán de aumentar su plusvalía relativa —aprovechando la oferta mundial de equipos y maquinarias que se incrementa en la posguerra— acaba por volverse hacia medidas más inmediatas, tendientes a flexibilizar a corto plazo la capacidad para importar.

Ahora bien, vimos que desde los años veinte la capacidad para importar se deterioraba constantemente. Para elevar, pues, el monto de divisas disponibles para la importación de equipos y bienes intermedios, no queda a la burguesía industrial sino transigir con el sector agrario-exportador y darle incluso las facilidades e incentivos que exige para expandir sus actividades. Para hacerlo, sin limitar la acumulación de capital necesario para enfrentar la segunda etapa de industrialización, tiene que descargar sobre las masas trabajadoras de la ciudad y del campo el esfuerzo de capitalización, con lo que afirma una vez más el principio fundamental del sistema subdesarrollado, es decir, la superexplotación del trabajo.

Este fenómeno, claramente manifiesto en la aceleración de la inflación y luego en las políticas de "estabilización", así como en la renuncia a realizar una reforma agraria efectiva, da como consecuencia la ruptura de la base en que se apoyaba la política bonapartista. Al transigir con las antiguas clases dominantes, la burguesía industrial tuvo que abandonar su fraseología revolucionaria, el tema de las reformas de estructura, las políticas de redistribución del ingreso. Con ello se divorció de las aspiraciones de las grandes masas y echó por tierra la posibilidad de mantener con ellas una alianza táctica.

Este proceso se completó con la renuncia de la burguesía a llevar a cabo una política de desarrollo autónomo. En efecto, el asedio de los capitales extranjeros, que se intensifica en los años cincuenta, coincide con la dificultad de las economías latinoamericanas para lograr una flexibilización de su capacidad para importar, mediante la expansión de exportaciones tradicionales (dificultades sobre todo sensibles al terminarse la guerra de Corea). Ahora bien, las compañías extranjeras disponían, como vimos, de equipos y maquinarias obsoletos y no amortizados en las metrópolis, que representaban un adelanto efectivo frente al nivel tecnológico imperante en los países latinoamericanos. La entrada de esos capitales, bajo la forma de inversión directa y, cada vez más, en asociación con empresas locales, constituía una solución conveniente para las dos partes: para el inversionista extranjero, su equipo obsoleto produciría allí utilidades similares a las que podía obtener con un equipo más moderno en su país de origen, en virtud del precio más bajo de la mano de obra local; para la empresa local, se abría la posibilidad de lograr con dicho equipo una plusvalía extraordinaria.

Así, la burguesía industrial latinoamericana evoluciona de la idea de un desarrollo autónomo hacia una integración efectiva con los capitales imperialistas y da lugar a un nuevo tipo de dependencia, mucho más radical que el que rigiera anteriormente. El mecanismo de la asociación de capitales es la forma que consagra esta integración, la cual no solamente desnacionaliza definitivamente la burguesía local, sino que, unida como va a la acentuación del ahorro de mano de obra que caracteriza al sector secundario latinoamericano, consolida la práctica abusiva de precios (que se fijan según el costo de producción de las empresas tecnológicamente más atrasadas) como medio de compensar la reducción concomitante del mercado. El desarrollo capitalista integrado acrecienta, pues, el divorcio entre la burguesía y las masas populares, intensificando la superexplotación a que éstas están sometidas y negándoles lo que representa su reivindicación más elemental: el derecho al trabajo.

La coincidencia de esas dos tendencias —el abandono de la política bonapartista y de las aspiraciones al desarrollo capitalista autónomo— arrastra a la caída a los regímenes liberal-democráticos que habían intentado afirmarse en la posguerra y conduce a la implantación de dictaduras tecnocrático-militares. Ello va unido a la acentuación del papel directivo del Estado y al incremento considerable de los gastos militares, que se constituyen en escala creciente en demanda de una oferta industrial que no puede basarse en la expansión del consumo popular. Con las deformaciones de escala naturales, el imperialismo reproduce así en las economías periféricas de América Latina los mismos rasgos fundamentales que afirmó en las economías centrales, en su tránsito hacia la integración de los sistemas de producción.

El desarrollo capitalista integrado

En el marco de la dialéctica del desarrollo capitalista mundial, el capitalismo latinoamericano reprodujo las leyes generales que rigen el sistema en su conjunto, mas, en su especificidad propia, las acentuó hasta su límite. La superexplotación del trabajo en que se funda lo condujo finalmente a una situación caracterizada por un corte radical entre las tendencias naturales del sistema y, por lo tanto, entre los intereses de las clases beneficiadas por él, y las necesidades más elementales de las grandes masas, que se manifiestan en sus reivindicaciones de trabajo y de consumo. La ley general de la acumulación del capital, que implica la concentración de la riqueza en un polo de la sociedad y el pauperismo absoluto de la gran mayoría del pueblo, se expresa aquí con toda brutalidad y pone a la orden del día la exigencia de formular y practicar una política revolucionaria, de lucha por el socialismo.

Sería ingenuo, sin embargo, creer que el éxito de esa política está inscrito en el orden natural de las cosas y que se deriva necesariamente de la irracionalidad cada día más evidente de la organización económica impuesta por el capitalismo. Si no tomamos conciencia de la situación que atravesamos y no le oponemos una acción sistemática y radical, los pueblos del continente nos arriesgamos a zozobrar durante un período de duración imprevisible en las sombras del esclavismo y del embrutecimiento. Ello es tanto más peligroso porque el sistema ya se moviliza, sea para promover la eliminación física de poblaciones enteras (mediante, por ejemplo, las técnicas de esterilización), sea para organizar un esquema económico y político capaz de constituirse en un instrumento efectivo de contención de las fuerzas revolucionarias emergentes.

En dicho esquema desempeñan papel preponderante los actuales proyectos de integración regional y la dictadura abierta de la clase representada por los regímenes tecnocrático-militares. La integración económica se plantea, en efecto, como una manera de llevar a su culminación, en América Latina, la integración imperialista de los sistemas de producción, en el marco de una situación económica caracterizada por una capacidad potencial creciente de la oferta y una restricción sistemática de las posibilidades de consumo. Esta situación, directamente relacionada con la difusión de una tecnología ahorrativa de mano de obra en una estructura de producción marcadamente monopolista, ha conducido a la formación de islas, caracterizadas por un relativo desarrollo industrial y urbano, desperdigadas entre grandes áreas rurales. En la medida en que la extrema concentración de la propiedad y del ingreso frena el desarrollo de las áreas rurales y de las mismas islas industriales, no se ha pensado en nada mejor que interligar a éstas entre sí y, volviendo la espalda a las hambrientas masas campesinas, integrarlas en un sistema más o menos coherente.

Es evidente que esto impone un nuevo esquema de división internacional del trabajo, que afecta no solamente a las relaciones entre los países latinoamericanos y los centros de dominación imperialista, sino también a las relaciones de aquéllos entre sí. En el primer caso, se transfieren a dichos países ciertas etapas inferiores del proceso de producción, reservándose los centros imperialistas las etapas más avanzadas (como la producción de computadoras, de conjuntos automatizados, de energía nuclear) y el control de la tecnología correspondiente. Cada avance de la industria latinoamericana afirmará, pues, con mayor fuerza su dependencia económica y tecnológica frente a los centros imperialistas. En el segundo caso, se establecen niveles o jerarquías entre los países de la región, según las ramas de producción que desarrollaron o están en condiciones de desarrollar, y se niega a los demás el acceso a dichos tipos de producción, convirtiéndolos en simples mercados consumidores. Las características propias del sistema hacen que este intento de racionalizar la división del trabajo propicie la formación de centros subimperialistas asociados a la metrópoli para explotar a los pueblos vecinos. Su mejor expresión es la política llevada a cabo por el régimen militar de Castelo Branco en Brasil, y que hoy trata de imitar el gobierno argentino.

La reorganización de los sistemas de producción latinoamericanos, en el marco de la integración imperialista y frente al recrudecimiento de las luchas de clase en la región, ha llevado a la implantación de regímenes militares, de corte esencialmente tecnocrático. Su tarea es doble: por un lado, promover los ajustes estructurales necesarios a la puesta en marcha del nuevo orden económico que la integración imperialista requiere; por otro lado, reprimir tanto las aspiraciones de progreso material como los movimientos de reformulación política producidos por la acción de las masas. Reproduciendo a escala mundial la cooperación antagónica llevada a cabo en el interior del país, dichos regímenes establecen una relación de estrecha dependencia con su centro hegemónico: Estados Unidos, al mismo tiempo que chocan continuamente con éste, en su deseo de sacar mayores ventajas del proceso de reorganización en el que se encuentran empeñados.

Vista en su perspectiva histórica más amplia, una América Latina integrada al imperialismo no es más viable que la supervivencia del sistema imperialista mismo. La superexplotación del trabajo en que se funda el imperialismo, bajo cuyo signo se pretende integrar a los países de la región, establece una tal arritmia entre la evolución de las fuerzas productivas y las relaciones de producción que no deja prever sino el derrocamiento del sistema en su conjunto, con todo lo que él representa en explotación, opresión y degradación. Por otra parte, la lucha mundial de los pueblos contra el imperialismo, a la cual se integró victoriosamente América Latina por medio de la Revolución cubana, no depende exclusivamente de lo que quieran y hagan los pueblos de este continente, sino que influye sobre éstos a través de sucesos tan importantes como la guerra de liberación del pueblo vietnamita, la revolución cultural china, la agudización de las luchas de clase en el interior mismo de Estados Unidos.

Sin embargo, parece evidente que mientras más avance el proceso de integración imperialista de los sistemas de producción en América Latina y más efectiva sea la represión que aquí se realice contra los movimientos revolucionarios, más condiciones tendrá el imperialismo para prolongar su existencia a contracorriente de la historia. Inversamente, la generalización de la revolución latinoamericana tiende a destruir los soportes principales que la apoyan y su victoria representará para él el golpe de muerte. Esta es la responsabilidad histórica de los pueblos latinoamericanos y frente a ella no hay otra actitud posible que la práctica revolucionaria.

El futuro de la revolución latinoamericana

En lo que se refiere a la revolución latinoamericana, se debe hacer notar que, al igual que al ingresar en la etapa de integración imperialista, el capitalismo internacional indujo la formación de un campo de fuerzas antagónicas representado por los países socialistas; así también la integración imperialista de los sistemas de producción en América Latina está forjando su propia negación. Ella se ha manifestado ya en el triunfo del socialismo en Cuba y sigue desarrollándose a través de las luchas de clase que tienen lugar en toda la región y que tiene su expresión más visible en la actividad guerrillera llevada a cabo en Venezuela, Guatemala, Colombia y otros países. El avance incontenible de las masas explotadas se orienta inevitablemente hacia la sustitución del actual sistema de producción por otro que permita la plena expansión de las fuerzas productivas, y que redunde en una elevación efectiva de los niveles de trabajo y de consumo, es decir, el sistema socialista.

En lo fundamental, dos son las tendencias principales que animan hoy al movimiento revolucionario latinoamericano y cuya realización plantea un reto a cuantos se interesen por su victoria. La primera tiene que ver con el establecimiento de una relación más efectiva entre las clases explotadas y sus vanguardias políticas, de las cuales muchas se han lanzado ya a la empresa suprema de la lucha armada. La segunda se refiere a las relaciones que deben establecerse entre esas clases, en el marco más amplio del contexto internacional.

El proceso de industrialización en América Latina, por las características que asumió, ha tenido como principal efecto intensificar la explotación de las masas trabajadoras de la ciudad y del campo. Así, en la medida en que la industria dependió siempre del excedente producido en el sector externo de la economía y quiso siempre absorber partes crecientes del mismo, las clases beneficiadas por la exportación buscaron compensar la pérdida que eso representaba para ellas a través del aumento de la plusvalía absoluta arrancada a las masas campesinas. Esto fue más fácil ya que, por la extrema concentración de la propiedad de la tierra, los trabajadores del campo se vieron privados de las oportunidades mínimas de empleo y tuvieron que ofrecer en el mercado su fuerza de trabajo a un precio vil.

Un fenómeno similar se produjo en las ciudades. Desorganizando la antigua producción artesanal, principal fuente de empleos para las masas urbanas, y beneficiándose de las fuertes migraciones hacia la ciudad de trabajadores que la arcaica estructura agraria no absorbía, los capitalistas industriales se han encontrado con una oferta de mano de obra en constante expansión. El hecho de que, buscando incrementar su plusvalía relativa, hayan echado mano de una tecnología ahorrativa de mano de obra importada de los países centrales, acentuó aún más el crecimiento relativo de la oferta de trabajo, el cual chocó con la reducción sistemática de las oportunidades de empleo en la industria.

La consecuencia principal de esta situación fue que, desmintiendo a los que insisten en ver en la clase obrera latinoamericana un sector privilegiado de la población, la explotación de los trabajadores urbanos se mantuvo siempre en el límite de lo soportable. En la mejor de las hipótesis (correspondiente a la fase de la política bonapartista) no les fue posible sino defender su nivel de vida, sin lograr empero avances efectivos y contentarse con la extensión horizontal del empleo que permitía, mediante el trabajo de un mayor número de miembros, aumentar el ingreso global de las familias proletarias. El progreso tecnológico en la región se expresó, pues, en un incremento simultáneo de la plusvalía absoluta y relativa en las empresas beneficiadas por él, y fue la premisa de la acumulación de capital que permitió a la burguesía marchar hacia la creación de una industria pesada.

El rasgo más dramático de esta situación fue, sin embargo, el crecimiento espantoso de las poblaciones marginales urbanas, aglomeradas en las villas miseria, en las favelas, en las barriadas. Sin una posición definida en el sistema de producción, ya que vive de trabajos ocasionales, ese subproletariado —que llega a superar, en ciertas ciudades, la tercera parte de la población total— ni siquiera ha podido sumarse a la reivindicación básica del proletariado industrial (la extensión horizontal del empleo, o mejor dicho del derecho al trabajo) y se limitó en la mayor parte de los casos a reivindicaciones de consumo. Se ha convertido, así, en el medio de maniobras políticas demagógicas por excelencia y, por su imposibilidad objetiva de desarrollar una conciencia de clase, representó uno de los soportes fundamentales del populismo.

Las ilusiones populistas y nacionalistas, creadas por la burguesía, también encontraron eco en las clases medias. Enfrentándose ellas mismas a la dificultad para ubicarse dentro del sistema de producción, sus reivindicaciones tendieron, en el mejor de los casos, a coincidir con las reivindicaciones de trabajo del proletariado industrial, mas, nada representaron en el sentido de fundar esa aspiración en el análisis científico de las condiciones que la motivaban, es decir, de la tendencia inevitable del sistema a expulsar de las actividades productivas a masas crecientes de la población. Más que esto: la clase media, participando objetivamente del proceso de marginalización que afectaba al subproletariado, coincidió muchas veces con éste en sus reivindicaciones de consumo y confundió inclusive el movimiento propio del subproletariado con la lucha de clase de los trabajadores industriales, con lo que se constituyó ella misma en otro soporte fundamental del populismo.

La diferenciación que el avance de la industrialización ocasionaba en el interior de la clase burguesa, trajo aún más perplejidades a las clases medias. La concentración de las unidades de producción, el desarrollo de la industria pesada, la elevación del nivel tecnológico de la industria, la asociación con el capital extranjero —que constituían aspectos de un solo proceso— fueron percibidos por ellas como realidades independientes, que se podían combatir o defender por separado. En la medida en que ello implicó la conformación de capas burguesas que se beneficiaban de manera desigual de dicho proceso, las clases medias tendieron a aliarse a las capas menos favorecidas y a desarrollar una acción política contradictoria, que no se salió nunca del marco de los conflictos interburgueses.

Así fue como nació el mito de una burguesía nacional opuesta a los intereses del imperialismo, o más precisamente, como se encontró la justificación para adoptar esa categoría, forjada en contextos históricos distintos. Asumiendo el punto de vista de la burguesía más atrasada, económica y tecnológicamente, que no podía siquiera plantearse la posibilidad de asociarse a los capitales extranjeros, y que se enfrentaba ella misma a la amenaza de la proletarización, las clases medias actuaron en el sentido de supeditarle —a ella, que representaba el sector más rezagado de la sociedad— el movimiento progresista de las masas explotadas de la ciudad y del campo. Al mismo tiempo, dichas clases se dejaban seducir por el "desarrollismo" de los grandes grupos económicos, en su marcha hacia una mayor tecnificación y hacia la implantación de una industria pesada, en asociación con el capital extranjero, sin darse cuenta de que así contradecían los intereses de su pretendida "burguesía nacional", para la que ese camino estaba cerrado.

Ahora bien, las vanguardias revolucionarias de América Latina traen, por lo general, el sello de las clases medias. La incomprensión, pues, que éstas revelaron frente al proceso económico de sus países y a la lucha de clases que con base a ese proceso de desarrolló, ha dificultado considerablemente la vinculación efectiva de esas vanguardias con las fuerzas reales de la revolución, principalmente con lo que constituye su columna vertebral: el proletariado industrial. Su posición ambivalente en relación con los conflictos interburgueses no le ha permitido, con raras excepciones, aliarse al proletariado y definir con él una política obrera, de lucha por el socialismo, que eche a andar un frente de los trabajadores de la ciudad y del campo contra el sistema de explotación al que están sometidos.

Sin embargo, sólo esto puede dar pleno sentido a la lucha antiimperialista y llevarla a sus últimas consecuencias. Al definir en el marco nacional una política obrera, las fuerzas revolucionarias estarán poniendo en marcha un proceso que conduce necesariamente a la internacionalización de la revolución y al enfrentamiento directo con el centro hegemónico imperialista. Sus opresores nacionales y extranjeros se previenen ya contra esa eventualidad, tratando de establecer mecanismos de contención tales como los regímenes militares supeditados a la estrategia del Pentágono, la Fuerza Interamericana de Policía, los acuerdos para repetir cuando fuere necesario la experiencia dominicana.

La acción internacionalista de Guevara, la política revolucionaria de Cuba, anticipan la respuesta que darán los pueblos del continente a sus opresores. Más aún, hacen que se perfile en el horizonte lo que parece ser la contribución más original de Latinoamérica a la lucha del proletariado mundial: su carácter internacional. Todo indica que será aquí donde el internacionalismo proletario alcanzará una nueva etapa de su desarrollo y sentará las bases de una sociedad mundial de naciones libres de la explotación del hombre por el hombre.

Notas

[1] Los principales rasgos de estas modalidades o tipos fueron definidos por Celso Furtado y Aníbal Pinto, en diferentes trabajos, y sistematizados por Cardoso y Faletto en Dependencia y desarrollo en América Latina, Siglo XXI, México, 1973.

[2] El choque de intereses entre Estados Unidos e Inglaterra es ya manifiesto en la implantación de la República en Brasil (1889) y en la guerra civil chilena (1891), para dar algunos ejemplos. Permite también que un país como Uruguay pueda realizar, después de la ascensión de Batlle al poder, su integración dinámica al mercado mundial en condiciones similares a la de los países ya citados.

[3] Esto se debe tanto a las disponibilidades crecientes de capital exportable en las economías centrales, corno al carácter más sofisticado y más costoso de la tecnología empleada, que exige fuertes inversiones de capital. De allí se deriva una integración de parte del sistema de producción de esos países a la economía central, pero dicha integración se da en función del mercado mundial y no del mercado interno, como sucederá posteriormente.

[4] La relación entre la inversión extranjera y el carácter más sofisticado de la tecnología que ella emplea, conduce a que la empresa absorba poca mano de obra, produciendo, pues, un monto relativamente bajo de salarios. Dichos salarios se orientan por lo general hacia el consumo de bienes importados y no repercuten de manera efectiva en el mercado interno.

[5] Ejemplos de ello son el batllismo en Uruguay, el radicalismo argentino de principios de siglo, el civilismo brasileño.

[6] Ver Ernest Mandel, Traité d'économie marxiste, París, 1962. Hay edición española, Era, México, 1969.

 

Obra principal Ensayos MIR Prensa Memoria (portugués) Memoria (español) Escritos acerca de la obra Referencias Participantes Enlaces