Crisis, cambio técnico

y perspectivas del empleo

Ruy Mauro Marini

Fuente: Cuadernos CIDAMO, número 9, s/f., México. Intervención en el simposio "La problemática del empleo en América Latina y en Colombia", realizado en Medellín, Colombia, del 14 al 17 de abril de 1982, por el Centro de Investigaciones Económicas, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad de Antioquia.


Indice

Los factores que determinan el nivel de empleo

La crisis mundial y las tendencias del empleo

La respuesta obrera

Anexo


 

Mi propósito es señalar algunas transformaciones que se están verificando en el plano del empleo en los países capitalistas centrales y en los nuestros, tratando de estimar algunas perspectivas probables que se pueden ya percibir en el desarrollo de la crisis capitalista mundial. Para este fin, me veo forzado, inicialmente, a hacer ciertas precisiones de carácter teórico sobre la relación entre la técnica y el empleo, para en seguida entrar a tratar el tema que fundamentalmente me interesa. En las cuestiones teóricas que debemos abordar, aunque sea de manera superficial, mi preocupación central va en el sentido de discutir algunas tesis, algunos puntos de vista, a mi modo de ver equivocados, que se han establecido en torno a la cuestión.

Una de ellas es la idea muy difundida por los economistas desarrollistas de la conveniencia de utilizar técnicas llamadas "no ahorradoras de mano de obra", o sea que implican un uso más extensivo de la fuerza de trabajo, como medida eficiente para enfrentar el problema del desempleo, tan agudo en nuestros países. Esta tesis implica un error teórico y tiene una consecuencia política importante. Es un error teórico, en el sentido de que si se habla de técnica, se habla de un conjunto de conocimientos y procedimientos que el hombre utiliza para reducir el gasto de fuerza de trabajo en el proceso de producción: si eligiéramos la técnica que no ahorra fuerza de trabajo, frente a la que sí ahorra, estaríamos eligiendo una técnica inferior. Tiene una consecuencia política peligrosa, ya que renunciar a la técnica superior para combatir el desempleo nos condenaría a un subdesarrollo tecnológico permanente, frente a los países capitalistas más desarrollados.

La otra posición que me preocupa respecto al problema de la técnica es la tesis manejada por economistas de una corriente particular del marxismo: la corriente maoísta, en el sentido de que la técnica no es un elemento neutro desde el punto de vista de las relaciones sociales, sino que debe ser vista como un elemento que determina el tipo de relación social. Esto ha llevado, tanto en los planteamientos teóricos de algunos economistas, como en la práctica de la política china durante el período maoísta, a un rechazo a la tecnología más avanzada y más moderna. Se constataba que el uso de una tecnología superior acarreaba mayores inversiones, tanto en materias primas, como en equipo y maquinaria, una concentración, pues, de medios de producción, en que debería trabajar también una mayor cantidad de obreros. El progreso técnico, que va normalmente aparejado con un grado creciente de concentración industrial, y da lugar a grandes unidades de producción, es considerado por esa corriente como un factor clave en el desarrollo de la burocracia. La preocupación maoísta por la burocracia, la lucha que trató de dar contra las formas de burocracia que tienden a desarrollarse en cierto tipo de socialismo, se manifestó en la fase del Gran Salto y, posteriormente, en la revolución cultural. Se buscó, por ejemplo, fomentar la siderurgia con base en pequeños hornos, en pequeñas fundiciones vinculadas a la actividad agrícola, como una manera de evitar la separación, la oposición entre campo y ciudad, así como evitar la formación de grandes unidades productivas.

Pienso que ahí hay un error fundamental. A mi modo de ver, la técnica sí es un elemento neutral, los resultados que arroja no modifican las relaciones sociales sino, que, inversamente, dependen de éstas. La visión de la burocracia como resultado simplemente del crecimiento y de la complejidad de las estructuras de producción, lejos de ser una idea marxista, se aproxima más a la concepción de Max Weber.

Los factores que determinan el nivel de empleo

Insistamos en este punto: la técnica tiene necesariamente que reducir el gasto en fuerza de trabajo: el hecho de que signifique o no ahorro de trabajadores ya es otro problema, que, como vamos a ver, está vinculado con el tipo de relaciones sociales, en el marco de la formación social en la cual se desarrolla y se implementa el progreso técnico; pero el ahorro en fuerza de trabajo es siempre un elemento fundamental para medir el progreso técnico. En segundo lugar, la técnica sólo determina cierto tipo de consecuencias de carácter social, como por ejemplo el proceso de burocratización, o la enajenación de trabajadores respecto al proceso de trabajo, en el marco de condiciones sociales dadas. Además, la relación directa que se trata de establecer entre técnica y empleo es un error: la técnica es solamente un aspecto en el marco de un conjunto de elementos que determinan las variaciones en el nivel del empleo y en las formas mediante las cuales se consume la fuerza de trabajo.

Las variables que determinan el empleo, en el marco de la sociedad capitalista, son básicamente tres: 1) el volumen o la masa de inversión; 2) lo que podemos llamar, en la terminología marxista, de composición orgánica de capital, es decir la relación que se establece en la inversión o el capital acumulado, entre lo que son las materias primas y equipo, por un lado, y la fuerza de trabajo, por otro; y 3) el grado de explotación de la fuerza de trabajo.

Respecto al primer elemento, el volumen de la inversión, es evidente que si se mantiene igual la composición orgánica —o sea la relación entre los medios de producción y la fuerza de trabajo— y si se mantiene igual el grado de explotación, todo aumento en la inversión implica necesariamente aumento de la fuerza de trabajo empleada, aumento de trabajadores, de mano de obra; en suma, expansión del empleo.

La composición orgánica debe ser entendida a dos niveles. Primero, a nivel de lo que es el valor de los elementos que intervienen en el proceso de producción, valor que podemos medir sobre todo a nivel de los precios. En esa composición de valor entre los bienes, lo central es la relación entre el valor de la masa de medios de producción y el valor de la masa de fuerza de trabajo a utilizar en el proceso de producción. Esta puede variar de cierta manera en forma relativa independientemente de la variación en la técnica. Basta que el precio de la fuerza de trabajo, en un momento determinado, disminuya por alguna razón, lo cual tiene que ver más bien con la competencia, por ejemplo, la mayor oferta de mano de obra en el mercado y la consiguiente baja del salario para que se eleve la composición orgánica del capital, o sea, se eleve en términos relativos la proporción de valor que corresponde a los medios de producción, sin que haya habido ninguna variación técnica etc. Segundo, a nivel de la composición técnica del capital, o sea la relación entre la masa física de medios de producción y de fuerza de trabajo, independientemente del valor que tengan. Para llevar a cabo un proceso de producción, sobre la base de un nivel dado de progreso técnico, se necesita una determinada cantidad de materias primas y una cierta maquinaria y equipo, por un lado, y, por otro, una cantidad de fuerza de trabajo que pueda poner en funcionamiento esos medios de producción (equipo, maquinaria, materias primas). Existen variaciones en la composición técnica que no se derivan directamente del progreso técnico, de modificaciones en la técnica: baste tener presente que el nivel de la composición técnica del capital tiende, en una esfera como la agricultura, a ser más bajo, exigiendo menos materia prima, menos maquinaria y equipo que en la industria. Cuanto más alejado de la naturaleza esté el proceso de producción, más será influido el nivel de inversión por la composición técnica; cuanto más cerca de la naturaleza, menos determinante es la composición técnica.

Es en el marco de la composición orgánica del capital, o sea en la relación entre composición de valor y composición técnica, donde tenemos que considerar la técnica como tal, es decir, las modificaciones en el progreso técnico. Más atrás, habíamos considerado la masa de inversión. Vemos ahora, que, en la composición orgánica, intervienen otros elementos además de la técnica misma y, por lo tanto, que la técnica es sólo uno de los factores que determinan el nivel de empleo. Nos queda por examinar lo que, en mi concepto, es el factor más importante de esta determinación: el grado de explotación de la fuerza de trabajo.

Cuando hablamos del grado de explotación de la fuerza de trabajo, estamos pensando en una relación que se puede medir por los tiempos fundamentales en los que se descompone la jornada de trabajo: el tiempo de trabajo necesario y el tiempo de trabajo excedente. Un obrero, en parte de su jornada de trabajo, produce un valor que es equivalente al pago que recibe, o sea, su salario; a partir de ese punto, una vez cubierto lo que le corresponde a su salario, entra en el tiempo de trabajo excedente, en el cual está produciendo un valor que ya no tiene que ver con lo que recibe, sino con lo que se apropia el capitalista: es el tiempo de producción de plusvalía.

Según la relación que exista entre los dos tiempos, podemos hablar de un grado dado de explotación. Supongamos una jornada de 8 horas de trabajo; 4 horas de trabajo necesario y 4 horas de trabajo excedente; tendríamos un grado de explotación del 100 %. La duración de la jornada influye en la fijación de estos tiempos, pues bastaría que la jornada aumentara de 8 a 10 horas para que el grado de explotación pasara a ser del 150 %. Influye también la intensidad del trabajo, puesto que un trabajo más intenso crea más valor, a nivel individual, lo cual lleva a que si el obrero necesita 4 horas para producir un valor equivalente a su salario, al doblarla intensidad, pasaría a hacerlo en 2 horas: en este caso, también el grado de explotación habría aumentado de 100 a 150%, sin que hubiera variado la duración de la jornada, que seguiría siendo de 8 horas. Y finalmente la productividad del trabajo, que aparece desde el punto de vista individual similar a la intensidad, pero se distingue de ella en la medida en que supone un cambio en las condiciones técnicas de producción.

De hecho, la técnica afecta directamente la productividad del trabajo, en tanto que el obrero, con el mismo gasto de fuerza de trabajo y en el mismo tiempo, producirá una cantidad mayor de bienes. Ahí reside fundamentalmente la diferencia con la intensidad del trabajo, que hace referencia, sobre la misma base técnica, a un proceso de aceleración del ritmo de trabajo, que está implicando un gasto mayor, un desgaste mayor de la fuerza de trabajo. En consecuencia, la técnica se relaciona directamente con la productividad del trabajo. Sin embargo, aunque los adelantos técnicos impliquen mayor productividad del trabajo, crean también condiciones para incidir sobre la intensidad del trabajo [1].

Existe cierta relación, pues, entre las diferentes formas o métodos de explotación del trabajo, ya que el elemento dinámico, aquel que puede realmente contribuir a modificar los otros es el aumento de la productividad del trabajo y de ahí la importancia de la técnica en este proceso. En efecto, si tenemos una base técnica que se modifica y permite una mayor productividad, esto posibilita intensificar el trabajo; pero, en el fondo, trabajo más intenso significa un desgaste mayor de la fuerza de trabajo. La tendencia normal, desde el punto de vista de la técnica, sería la reducción de la jornada de trabajo, con lo cual se podría tener un trabajo mucho más productivo realizado más intensamente en una jornada más corta, manteniéndose el grado de explotación aún si la jornada se disminuye; pero ésta, que es lógica de la técnica, no es la lógica del capital.

Precisemos mejor la idea. Supongamos que el capital opera a una tasa de plusvalía del 100 %, que un cambio técnico duplica la productividad del trabajo, que la jornada de trabajo es de 8 horas, en la cual un grado de explotación del 100 % está indicando 4 horas del tiempo de trabajo necesario —o sea, necesario para la reproducción del valor del salario—, y 4 horas de trabajo excedente. Si la fuerza de trabajo tuvo su productividad duplicada, podemos suponer que, de las 4 horas de trabajo necesario, se pasa a las 2 horas: de mantenerse las 8 horas de jornada total, el grado de explotación aumenta a 150 %. Si se mantuviera el mismo grado de explotación, la jornada tendría que reducirse a 4 horas: serían 2 horas de trabajo necesario y 2 horas de trabajo excedente.

Si se verificara esa reducción en la jornada, cualquier aumento de la producción implicaría un aumento de la inversión, con la cual tendríamos un incremento proporcional en el empleo. Sin embargo, si la jornada se mantiene en 8 horas y el grado de explotación aumenta a 150 %, esto significa que el obrero ahora produce lo que producía antes, más lo que podría producir 1/2 obrero. Cualquier aumento de la producción; cualquier aumento de la inversión, implicará 50 % menos en el número de obreros empleados. Es así como la técnica entra a afectar el nivel del empleo, porque implica un proceso de explotación en el marco de determinadas relaciones sociales: lo que es un ahorro, una economía en fuerza de trabajo, una reducción del gasto en fuerza de trabajo, aparece para el capital como un ahorro de trabajadores, como una reducción de número de obreros y, por lo tanto, una masa menor de salarios a pagar.

Es por esa razón, que en la determinación del empleo, junto con esas variables que mencioné antes: la masa o el volumen de la inversión y la composición orgánica del capital, el elemento clave es el tercero: las condiciones de explotación. Son ellas, en última instancia, las que decidirán si los cambios en cuanto a la acumulación de capital y en cuanto al progreso técnico implicarán o no desempleo.

La crisis mundial y las tendencias del empleo

Una vez hechas estas aclaraciones de carácter teórico, podemos entonces pasar al análisis de las transformaciones que se están verificando hoy en el plano del empleo.

Vivimos, en este momento, una situación de crisis del capitalismo mundial, en la cual, como en toda crisis, se observa una gran expansión de desempleo, tanto en los países capitalistas más avanzados como en los países dependientes. Esto aparece, a primera vista, como resultado normal de la crisis: la crisis implica una caída de la tasa de acumulación, por lo tanto, una caída del volumen de la inversión, una de las variables que influyen de manera determinante sobre el empleo. Sin embargo, la crisis que estamos viviendo no es solamente un tropiezo en el desarrollo capitalista, sino que es un punto de partida, un momento de transición hacia una nueva etapa y, en ese sentido, tiene ciertas características que no son puramente coyunturales, sino estructurales. La pregunta que planteo aquí es la de si, superada la actual crisis, se reabsorberá el desempleo actual y se verificara una mayor expansión del empleo, o si, por el contrario, la recuperación capitalista, la llegada del capitalismo a una nueva fase de expansión y prosperidad, implicará modificaciones profundas en cuanto al empleo y probablemente un nivel mayor de desempleo que en el pasado.

Mi hipótesis es la siguiente: el desempleo actual es, en parte, un resultado cíclico, coyuntural, producto de la crisis que vive el capitalismo, y en este sentido es también un arma para imponer a la clase obrera nuevas condiciones de explotación; pero tal desempleo podría —y es lo preocupante— estar reflejando una nueva tendencia estructural del capitalismo.

En la crisis actual se está viviendo un proceso de cambio estructural, que se expresa en un incremento de la competencia entre los grandes centros imperialistas: Estados Unidos, Europa y Japón, y conduce a que lo fundamental del proceso de acumulación de capital se drene hacia industrias de punta en ciertas ramas, en particular las que se refieren a la energía, la electrónica, los equipos automatizados y la bioquímica. Por otro lado, en la crisis actual, observamos también un nuevo movimiento de expansión del capital a nivel mundial a partir de los grandes centros, que se va a aplicar a un mayor desarrollo de la industria manufacturera, tanto en los países desarrollados como en los de la periferia. El motor de ese proceso, en sus dos aspectos, es el capital financiero, que se ha desarrollado de manera extraordinaria en el período de la posguerra y que es requerido por las grandes masas de inversión necesarias tanto para la expansión de la acumulación de capital hacia la periferia, como para el desarrollo de las nuevas tecnologías en el centro.

Señalé antes, que todo desarrollo técnico nuevo exige nuevas inversiones para hacerle frente y esto está siendo puesto hoy día en el tapete por el capital financiero. El objetivo central del capital, en este período del capitalismo, es la elevación de la productividad del trabajo tanto en la periferia como en el centro, lo cual desde luego afecta la composición orgánica del capital, haciendo que aumente la parte del capital destinada a la inversión en tecnología y en equipos, y por otro lado, incide también en el grado de explotación.

Las consecuencias para América Latina son claras: a partir de los años 70, se desarrolla ahí una nueva fase de industrialización. Esta fase es nueva porque la inversión extranjera, que ha sido un elemento clave en el proceso de industrialización, sobre todo después de los años 50, cambia de forma durante la segunda mitad de la década de los 60: la forma principal de la inversión extranjera en América latina era la inversión directa o sea, la inversión directamente productiva, hecha en general por las grandes corporaciones industriales internacionales , con miras sobre todo a la explotación de las posibilidades y potencialidades del mercado interno, o sea, del mercado nacional. Desde fines de los años 60, y más aún en el curso de los años 70, la forma principal de la inversión extranjera es la forma financiera: los préstamos y financiamientos; ya no se trata de transferencia de un capital que prácticamente no pierde su forma productiva [2], sino de un movimiento de capital dinero.

Con ello, la inversión extranjera se hace sobre todo por mediación de la banca, que orienta hacia la acumulación en la periferia enormes masas de capital, lo que explica ese hecho aparentemente tan alarmante en América Latina que es el crecimiento en flecha de la deuda externa. Hay otros factores que influyen en la expansión de la deuda externa de los países latinoamericanos, pero, sin duda alguna, el endeudamiento ha sido sobre todo un mecanismo para atraer el capital extranjero y convertirlo en capital productivo, con capacidad de impulsar hacia adelante el proceso interno de desarrollo capitalista y de industrialización. Cuanto más dinámicos los países latinoamericanos en el último período, tanto más ha crecido su deuda externa. [3]

Una segunda transformación, en la fase actual en América Latina, es el cambio de forma en la transferencia de tecnología. En el marco de la fase anterior, la etapa de los años 50 hasta fines de los 60, la forma principal de inversión extranjera había sido la inversión directa, que implicaba ella misma una transferencia directa de tecnología por parte de la empresa del país más avanzado, que se hacía mediante la transferencia de paquetes tecnológicos integrales, aplicables al proceso de producción que se trataba de promover. Es el caso de la implantación de la industria automotriz. En Brasil, por ejemplo, la política de implantación de esa industria se estableció con un grado de nacionalización creciente, empezando con cerca de 50 % de partes producidas nacionalmente y para llegar casi al 100 lo cual implicaba que la tecnología completa se transfería al país para permitir la producción de coches iguales en principio a los coches producidos en el país central; esto implicaba la transferencia de paquetes tecnológicos completos. Aunque los resultados alcanzados varíen, la política fijada por países como México y Argentina era básicamente la misma.

La realidad es que esos paquetes tecnológicamente completos presentaban un cierto desfase en cuanto al grado de desarrollo respecto a la tecnología existente en los centros. Se ha mencionado en este seminario el caso de la Volkswagen brasileña; la Volkswagen mexicana, según un estudio realizado hace 15 años, mostraba un grado de retraso tecnológico respecto a su similar brasileña de unos 4 años, pero ésta, a su vez, presentaba respecto a la alemana un retraso tecnológico de unos 3 años; o sea, ciertos adelantos tecnológicos que ya estaban presentes en Alemania llevaban como 3 años para introducirse en Brasil y 4 años más para llegar a México. Es evidente que se creaba un gran desfase tecnológico, que no permitía a países como Brasil y México aspirar seriamente a la salida de su producción al mercado mundial; la producción era hecha fundamentalmente con miras a las potencialidades del mercado interno.

Hoy día, lo que se observa, es una sensible homogeneización tecnológica en la industria automotriz (sigo tomándola como ejemplo). Su nivel tecnológico se va uniformando en los países dependientes y en los países centrales, pero ya no se trata de producir enteramente un 100 o 90 % del automóvil en el país para el consumo local, sino producir sus partes en diferentes países, convergiendo a lo que las firmas automotrices llaman hoy día el "auto mundial". En éste, partes producidas en diferentes países se integran en el producto final, con la posibilidad de que, con el mismo nivel tecnológico, la producción de la misma parte en diferentes países permita que los elementos que integran ese producto final sean intercambiables. Así por ejemplo, si los ejes y las transmisiones se producen en Brasil, en México o en el centro sobre la misma base tecnológica, se vuelve indiferente que el eje o la transmisión que se integra a determinado modelo venga de Brasil, o venga de México, o venga de Estados Unidos, o de Francia.

Los cambios en estas dos variables que afectan el empleo, —el volumen de la inversión y la técnica en tanto elemento que determina la composición orgánica del capital— no significa que ambas variables vayan acompañadas de un cambio en el grado de explotación en el sentido que indica la lógica de la técnica, es decir, de una disminución. Más bien, lo que se observa es el esfuerzo, la tendencia a mantener invariable e incluso a aumentar el grado de explotación de la fuerza de trabajo, tanto en los países centrales como en los países dependientes.

Si retomamos lo que señalaba en un principio, acerca de que el elemento más importante en la determinación del empleo es, en última instancia, el grado de explotación de la fuerza de trabajo, resulta obvio que si cambian las otras dos variables y no cambia o si aumenta el grado de explotación, esto tiene una repercusión necesaria en cuanto al aumento de desempleo; y con ello, desde el punto de vista de la recuperación capitalista, existen serias posibilidades de que haya modificaciones en el comportamiento histórico del empleo respecto a la fase anterior. Esto, en la medida en que los proyectos de inversión de algunas grandes firmas, en ramas que apuntan ya a una fase de recuperación —desde el punto de vista de los planes que esas firmas están haciendo para el futuro—, presentan la tendencia a aumentar el volumen de la inversión, modificar profundamente la base técnica (con el consiguiente aumento de la productividad e intensidad del trabajo) y, sin embargo, mantener igual la duración de la jornada, recortando así de manera drástica el nivel de empleo.

Es el caso de los planes de la industria automotriz norteamericana que, para la década del 80, implican una inversión global adicional durante esa década que varía entre 70 y 80 mil millones de dólares; cifra que incluso se está superando, puesto que, para 1981, la inversión prevista fue de 13 mil millones de dólares. Dicha inversión va dirigida fundamentalmente a una transformación, a una restructuración total de la base tecnológica. En el caso de la General Motors, esto se expresa, por ejemplo, en el hecho de que esa empresa que, en 1980 contaba con cerca de 300 robots, para finales de la década espera contar con 14 mil robots en funcionamiento; sin embargo, con estos planes de inversión y restructuración tecnológica, se prevé que la mano de obra empleada por la empresa se reduzca en una tercera parte en 1990.

Ahora bien, si esa es la situación que se vislumbra para la economía norteamericana, los cambios que se están dando hoy en día sobre la base de expansión del capital (que se realiza mediante la internacionalización de la industria y de la nueva división del trabajo inducida por la homogeneización tecnológica) serán aún más dramáticos en los países dependientes.

El caso de Chile es, en este sentido, decidor. La tasa de desempleo abierto en la economía chilena, en la fase anterior de industrialización —o sea durante los años 50 o 60—, era de un 6 %. La economía chilena entró en un proceso de restructuración, después del golpe militar del 73, que implicó una aguda crisis económica y altas tasas de desempleo; a partir del 77 y hasta el primer semestre de 1981, experimentó un proceso de recuperación y expansión, con tasas de crecimiento bastante elevadas. Sin embargo, en este proceso de expansión se observa que no hubo reducción del desempleo de manera significativa: la tasa de desempleo se mantuvo durante este período, entre 12 y 15 % o sea más del doble del promedio histórico de desempleo en la fase anterior, para bajar a menos del 10 % sólo al momento en que se lanzó un amplio programa de construcción civil.

La respuesta obrera

En suma, teniendo en cuenta los planes de inversión de las grandes firmas y algunas situaciones que ya se han podido observar en América Latina —como el caso de Chile—, se puede temer que nos vayamos a enfrentar a una transformación bastante grande en el futuro, respecto a los niveles de empleo. Frente a esto, comienzan a desarrollarse respuestas obreras, tanto en los grandes centros capitalistas como en los países dependientes, mediante las cuales la clase obrera se esfuerza por contrarrestar la tendencia del capital a seguir elevando el grado de explotación.

Es así como se ha visto, en los años 70, surgir de nuevo en Europa una bandera que había quedado olvidada en el tiempo: la reducción de la jornada de trabajo. Cabe señalar que es de extrañarse que, desde hace algunas décadas, esa tradición de lucha de la clase obrera no se hubiera presentado, pese a que el aumento de la productividad, y, por lo tanto, del grado de explotación, en el periodo posterior a la guerra mundial, fue realmente formidable permaneciendo la jornada de trabajo en las 8 horas en que se había fijado en los años 30. A mi modo de ver, eso se debe a razones de carácter económico y de carácter político.

Desde la guerra hasta los años 70, los grandes centros capitalistas vivieron una fase de prosperidad que no planteó de manera grave el problema del empleo, y no llevó, por lo tanto, a la clase obrera a resentir de manera demasiado violenta el aumento constante del grado de explotación, logrado por el aumento de la productividad y la intensidad del trabajo y una jornada relativamente constante. Observemos que, el aumento de la intensidad del trabajo, con una jornada constante, estaba implicando un desgaste de la fuerza de trabajo que llevaba incluso a la búsqueda, por parte de la clase obrera, de aumentar la jornada a través de las horas extras, en una fase en la cual el dinamismo de la producción lo justificaba, como una manera de asegurarse la obtención de determinados bienes; pese al hecho de que el aumento de la intensidad acorta la vida útil del trabajador, la adquisición de esos bienes (por ejemplo, vivienda) durante el tiempo de vida útil, de cierta manera le aseguraba después un retiro sin mayor problema. [4]

Por otra parte, ese periodo de prosperidad implicó grandes incentivos al consumo de los trabajadores y los llevaba también a buscar el aumento del salario, muchas veces a través de horas extras y en un momento en que los salarios subían, lo cual los llevaba a percibir menos los problemas de la explotación y más bien a ocuparse de su comportamiento en tanto que consumidores.

Habría que señalar también razones de orden político para el problema del descuido respecto a la reducción de la jornada. El que no se agitara esta bandera al momento de la guerra mundial se puede explicar por el hecho de que los partidos comunistas, aquéllos que conducían en ese momento, los movimientos de la clase obrera en los grandes centros, en el marco de la política de unión nacional, de frente patriótico, etc., no encontraban motivación para levantar reivindicaciones que abrirían frentes de lucha contra la burguesía. Pasada la guerra, las diferentes fases por las que atravesaban los partidos comunistas: la búsqueda de frentes amplios, las políticas de conciliación nacional, etc., tampoco los llevaban a replantear ese problema y, más aún, el hecho de que, en ese momento, en países como la Unión Soviética y los de Europa oriental, la construcción del socialismo exigía un enorme sacrificio a los trabajadores, que no permitía plantear la reducción de la jornada.

Sea como sea, el problema de la reducción de la jornada se dejó de lado, pero resurge con fuerza en Europa en el curso de los años 70 en las luchas sindicales. Recientemente, se ha registrado en Francia con el gobierno de Mitterrand el primer planteamiento a nivel de gobierno de medidas que apuntan a la reducción de la jornada de trabajo, de 40 a 36 horas, en un cierto número de años.

La cuestión de la reducción de la jornada se alza, también, hoy día, en el marco de la crisis, en los países dependientes, siendo buen ejemplo de ello México, donde el movimiento sindical oficial, vinculado al gobierno, exige pasar de las 48 a las 40 horas semanales; también en algunos otros países, como Brasil, sectores del movimiento sindical están levantando con fuerza esta reivindicación.

Como habíamos señalado anteriormente, la extensión del tiempo de trabajo es tan sólo una de las formas capaces de agravar el grado de explotación; otra forma, que puede acompañarse con la reducción del tiempo de trabajo, o sea la reducción de la jornada, es el aumento de la intensidad. En este sentido, se observa también, ya desde fines de los años 60 y en el curso de los años 70, esfuerzos de los sindicatos, sobre todo en Italia, aunque también en Francia y otros países, centrados en torno al problema del ritmo de trabajo y las formas mismas de organización del trabajo en busca de establecer formas de control y limitación en cuanto a la intensidad del trabajo. En países como Brasil, algunos sindicatos también han planteado esta cuestión y en México se han verificado avances en la materia en las ramas textil y hulera. [5]

Esta línea de respuesta de la clase obrera va todavía en retraso respecto a la primera, puesto que es más fácil enfrentar el problema de la jornada que los problemas que plantea la limitación de la intensidad del trabajo. Sin embargo, sin que se limite la intensidad, la reducción de la jornada no será suficiente para impedir que se mantenga o se agrave el grado de explotación de la fuerza de trabajo y, con esto, los problemas de empleo.

En su esfuerzo para dar una respuesta a las tendencias que el capital despliega en el marco de la actual crisis, los obreros se enfrentan a una situación de debilidad y de fuerza. De debilidad, en la medida en que la crisis misma crea condiciones que permiten al capital reforzar, ir imponiendo determinadas condiciones de explotación a la fuerza de trabajo, independientemente de la conciencia que ésta tenga respecto a esas condiciones de explotación. Por ejemplo, en los Estados Unidos, recientemente, los sindicatos de la industria automotriz aceptan limitaciones en cuanto al salario y en cuanto a la pérdida de una serie de prerrogativas en la empresa, no levantan tampoco el problema de la reducción de la jornada, a cambio de la estabilidad en el trabajo y de que no haya reducción de personal. Es evidente que de mantenerse la tendencia que señalaba anteriormente, en cuanto a la política de expansión de la General Motors, el que no haya despedidos hoy, no asegura para nada que no los pueda haber mañana y, de todas maneras, no asegura un crecimiento del empleo. Pero ese tipo de acuerdo se está imponiendo en muchos países a los sindicatos, dada la dificultad de éstos para negociar, enfrentados como están a un desempleo agudo de carácter cíclico.

Pero vemos surgir también, como tendencia, una situación distinta, que puede crear condiciones muy favorables para la lucha del movimiento obrero. Se trata de la solidaridad creciente de grupos obreros en el plano internacional, estimulada hoy día por ese proceso que podemos llamar de internacionalización de los procesos de trabajo, que resulta de la forma como se transfiere y se difunde hoy día la tecnología, la cual conlleva la integración tecnológica y productiva de diferentes países en una rama dada; esto estimula la toma de conciencia de obreros que pertenecen a una sola rama o incluso a una sola empresa repartida en diferentes países, respecto a sus condiciones comunes de explotación. Ese fenómeno se había hecho sentir de manera todavía muy embrionaria en la década pasada, como lo ilustra el caso de Brasil, en 1971, cuando el sindicato de la Volkswagen brasileña, para justificar sus reivindicaciones salariales, establecía una comparación entre los niveles de productividad y salario de los obreros brasileños con los obreros de la Volkswagen alemana. Era la primera toma de conciencia de que realmente había identidad en cuanto al proceso de trabajo en esos países.

Con la nueva forma de internacionalización del capital, esa toma de conciencia internacional por parte de los obreros se viene acentuando. En ese sentido se pueden señalar algunos hechos importantes, como los acuerdos concretados en el marco de la Comunidad Económica Europea, entre sindicatos de dicha comunidad, en la rama metalúrgica, para unificar pliegos y movimientos reivindicativos. Otros hechos importantes son la reciente reunión que se realizó en la frontera mexicano-norteamericana entre trabajadores de la industria automotriz norteamericanos y líderes sindicales de la industria automotriz mexicana en el sentido de buscar formas de coordinación; la participación y las relaciones frecuentes que se vienen estableciendo, cada vez más estrechamente, entre los sindicatos de la Volkswagen brasileña con los dirigentes obreros de la Volkswagen alemana; o de la Fiat brasileña con los de la Fiat italiana, etc.

Tenemos allí, sin duda alguna, una tendencia que apunta a la posibilidad de que la clase obrera pueda articular una respuesta mucho más eficaz en los años próximos, en el plano nacional e internacional. A medida que se vaya afirmando este proceso de internacionalización de los procesos de trabajo, basado en la homogeneización tecnológica y la integración de diferentes obreros de diferentes países en un mismo proceso de producción, surge, como respuesta obrera, una mayor integración internacional en el plano de la lucha sindical. Esto abre perspectivas nuevas para que la clase obrera del mundo capitalista haga frente a lo que está planteando el capitalismo mundial para la nueva fase de prosperidad y expansión a que espera entrar a mediados de esta década.

Anexo

Planteamiento para un proyecto de investigación sobre la restructuración de la industria automotriz mundial y su repercusión en México, Brasil y Argentina. (CIDAMO)

1. El eje del problema energético contemporáneo es la escasez relativa de petróleo y el uso inmoderado que, a partir de la segunda guerra mundial, se ha hecho de esa fuente de energía, de lo cual constituye claro ejemplo la notable expansión de la industria automotriz en el periodo. La estrecha ligazón entre esta rama productiva y el petróleo hace comprensible que haya sido dicha industria la que resintió con más fuerza las consecuencias de la crisis de 1973, iniciándose entonces en ella una serie de tendencias y procesos directamente relacionados con la cuestión energética, entre los que se pueden destacar:

a) la búsqueda de fuentes alternativas de energía, como la electricidad y otros, siendo representativo, en este sentido, el esfuerzo de Brasil por la sustitución de petróleo por alcohol de caña de azúcar, energético que alimenta ya de manera exclusiva los motores de una cuarta parte de los vehículos que componen la flota automotriz de ese país;

b) la especificación de topes mínimos de rendimiento energético, de que es ejmplo la reglamentación norteamericana que establece un mínimo de 35.3 km por galón de combustible;

c) el desarrollo de nuevos modelos de motores, más reducidos y con un mayor rendimiento en materia de combustible, que han inaugurado la era de los llamados "compactos"; entre los muchos ejemplos en esa materia, se pueden destacar los modelos "Escort" y "Lynx" de la Ford, que rinden 48 km. por galón en ciudad y 72 en carretera, así como la programación de esa compañía, que enfatiza la introducción de nuevos modelos cada seis meses en el período 1981-1985;

d) las profundas transformaciones tecnológicas que se observan actualmente en el proceso productivo de la industria automotriz mundial, cuya expresión máxima es la robotización; es así como la General Motors, que cuenta actualmente con poco más de 300 robots, tiene programado aumentar el número de éstos a 2,500 para 1983 y 5,000 en 1985, hasta alcanzar 14,000, en 1990.

2. La revolución tecnológica que se desata en la industria automotriz a raíz de la crisis energética tiene grandes implicaciones. En un plano más general, exige un considerable esfuerzo en materia de inversiones, cabiendo destacar el programa norteamericano, que prevé inversiones globales en la rama de 70 a 80 mil millones de dólares en la presente década (la inversión prevista para 1981 fue de 13 mil millones de dólares); conlleva una creciente concentraración del capital, en una industria ya altamente concentrada (en Estados Unidos, tres grandes conglomerados en la fase terminal y 30 grandes firmas productoras de piezas), la cual desborda el marco nacional y acelera la transnacionalización de esta industria, como lo mostraron ya en la década pasada acuerdos como el que se realizó entre la Peugeot francesa y la Fiat italiana y, recientemente, los acuerdos que se implementan entre las grandes firmas norteamericanas y japonesas, como por ejemplo, la Ford y la Toyota; y modifica la forma de difusión de tecnología entre países, sustituyendo la transferencia de paquetes tecnológicos integrales, que permitían la fabricación casi total del producto e implicaban a veces desfases tecnológicos de hasta casi diez años entre el país emisor y el país receptor, por la internacionalización de la fabricación del producto final, lo que implica la homogeneización tecnológica creciente y apunta a la construcción del llamado "auto mundial".

Las implicaciones para América Latina pueden captarse desde distintos aspectos:

a) la implantación y desarrollo de la industria automotriz se concibió, en los años cincuenta, en los tres países considerados, como uno de los soportes clave para una estrategia de desarrollo nacional. ¿Podrá seguírsele atribuyendo ese papel a una rama industrial totalmente internacionalizada? ¿Cómo afectará la internacionalización creciente de la rama a la industria automotriz nacional, cuyo peso económico puede visualizarse, en el caso de México, si se considera que ella aporta el 6 % del valor total del PIB, genera directa o indirectamente (ventas, refacciones) medio millón de empleos, absorbe el 70  % de los subsidios del Estado para el fomento industrial y genera la mitad del déficit de la balanza comercial del país? No hace mucho el señor Meil Goldschmidt, secretario de Transporte de Estados Unidos, calificó a la crisis de la industria automotriz norteamericana como una amenaza a la seguridad nacional de su país; cabe preguntar si los cambios que se observan en la industria automotriz mundial y su impacto en México, Brasil y Argentina, los tres grandes centros productores de América Latina, no interesan también a la seguridad nacional de esos países;

b) la crisis actual de la industria automotriz está mostrando que ésta no tiene futuro si no logra internacionalizar su mercado; moviéndose en esa dirección es como Japón ha pasado a ser el primer productor mundial: de sus 11 millones de vehículos fabricados anualmente, exporta el 55%. Pero la internacionalización del mercado está suponiendo, cada vez más, no tanto la exportación del producto final, sino la de partes y motores, es decir, la internacionalización de la producción. Pero, ¿en qué sentido va ese proceso? ¿Los acuerdos de integración automotriz entre Brasil y Argentina de 1980, en los que se inserta la compra de la Chrysler argentina por la Volkswagen brasileña, aseguran a Brasil una mayor autonomía relativa, en el proceso de integración mundial, que las tendencias que se observan en México, cuyos planes de producción giran cada vez más en torno al parque automotriz norteamericano, como lo muestran casos como la planta de motores de 4 cilindros que construye la Chrysler en Ramos Arizpe, Coahuila, la implantación de la Volkswagen en Puebla, de la General Motors en Cd. Juárez, Chihuahua, de la Nissan, todas mirando al mercado norteamericano? ¿O siguen los tres países el camino de Australia, que, no hace mucho, el señor John F. Beck, vicepresidente de la GM, puso como ejemplo al Pacto Andino, señalando, que, a cambio de permitir la importación de ejes y transmisiones, la GM producirá allí 300 mil motores anuales, de los cuales 200 mil se exportarán? De ser así, ¿quiénes producirán los motores, quiénes los ejes, y qué implicaciones tendrá eso para los respectivos parques industriales nacionales?

c) la homogeneización tecnológica, llevada a cabo sobre la base de una automatización creciente de la producción, tiene fuerte incidencia en el empleo y en la estructura de la mano de obra. La industria automotriz tiende a reducir su participación en la ocupación de fuerza de trabajo y a modificar su demanda de mano de obra calificada y no calificada, así como a demandar al mercado de trabajo nuevos tipos de calificación; la significación de ese hecho para países donde el desempleo y el subempleo son graves, como los mencionados, no puede dejar de ser investigada. Por otra parte, la homogeneización tecnológica está implicando el paso a una fase de internacionalizacion del proceso de trabajo. Aparte de la repercusión de este hecho sobre el volumen y estructura de la fuerza de trabajo en cada caso nacional, surge el problema de la internacionalización creciente que se observa en el plano sindical; involucrados en un solo proceso de producción, los trabajadores mexicanos, brasileños, norteamericanos, alemanes comienzan a poner de pie formas de cooperación sindical internacional, antes desconocidas o más bien excepcionales, como ocurría con la demanda de la comparación de índices de productividad entre Brasil y Alemania Federal en las negociaciones de los trabajadores de la Volkswagen brasileña, o la participación de representantes del sindicato de la matriz alemana en las negociaciones del sindicato de la filial brasileña, que se registró en años recientes. Esa tendencia se reforzará en los próximos años y se hará sobre todo fuerte allí donde las condiciones de cercanía y facilidades de intercambio sean más marcadas, como es el caso de México y Estados Unidos.

d) un último aspecto a considerar es que, sobre la base de la restructuración internacional, la industria automotriz trata de superar la presente crisis y entrar en nueva fase expansiva, sin modificar en lo esencial su planteamiento básico: la producción de autos individuales, ahora menores y más económicos, por sobre la producción de medios de transporte colectivo. Para quien vive en la Ciudad de México, esto no puede acarrear sino preocupación: se trata de una ciudad donde el número de vehículos ha rebasado los 2 millones y se acrecienta anualmente en más de 300 mil; de ellos, el 97% sirve al transporte individual del 20% de la población, quedando el 3% para atender al desplazamiento del 80% restante; los problemas de vialidad se cruzan con los niveles de contaminación: los embotellamientos hacen subir los niveles, de polución del aire y del ruido, ya de por sí situados por encima de los límites máximos de seguridad, además de provocar diariamente la pérdida de 3 millones de horas/hombre; esto, sobre la base del salario mínimo, arroja una pérdida anual de 18.615 mil pesos. En el país, los accidentes de auto han pasado a ocupar el primer lugar de causa mortis para las personas entre 15 y 45 años; al año, se contabilizan 2 mil muertos y 500 mil heridos. En la medida que la restructuración de la industria automotriz apunta a prolongar y ahondar su línea tradicional de producción, tales problemas no cuentan con las posibilidades mínimas de solución, no importa cuantos reglamentos se expidan para paliarlos; por lo demás, la otra salida que, en su afán de mercado, busca de manera creciente la industria automotriz, tampoco parece favorable a los intereses de las mayorías: esa salida es ya en Brasil (como antes en Estados Unidos, Alemania, etc.) la industria bélica, quien le encomienda ejes, transmisiones y motores para sus tanques blindados. Una investigación como la que proponemos no puede dejar de concluir con una reflexión que vaya más allá de lo que tradicionalmente se considera lícito en la economía y la sociología y se plantee, desde el punto de vista ético, los lineamientos que podrían reorientar drásticamente esa rama productiva, para ponerla al servicio del hombre.

Diciembre, 1981.

Notas

[1] Pongamos un ejemplo muy sencillo: una mecanógrafa que trabaja con una máquina de escribir mecánica y que tiene que hacer varios movimientos para mover la máquina y reproducir la hoja que tiene delante, y una mecanógrafa que trabaja con una máquina de escribir eléctrica, en la cual los movimientos de mover el carro y darle vuelta para pasar de un renglón a otro se reducen, y el esfuerzo para teclear también; es evidente que esta mecanógrafa, la segunda, tendrá una productividad mayor, podrá trabajar más rápido, pero gastando la misma fuerza de trabajo; con esto se abre, por decirlo así, un espacio de tiempo en la jornada, que puede ser rellenado con más gasto de fuerza de trabajo, aumentando la intensidad respecto a la primera.

[2] En la fase anterior, sobre todo hasta principios de los años 60, buena parte de la inversión extranjera directa se hizo mediante la transferencia de equipos de los países centrales a los países periféricos; no entraba el dinero, entraba directamente la maquinaria, siendo incluso una de las maneras de transferir maquinaria ya obsoleta, ya amortizada, en los grandes centros, a países donde esa maquinaria podría seguir rindiendo. Esto llevaba, pues, a un desfase tecnológico permanente entre las industrias del centro y de la periferia que operaban en las mismas ramas de producción.

[3] Los países con mayor deuda externa en América Latina son, en primer lugar, Brasil y México, y luego Argentina y Venezuela.

[4] Una señal evidente de que el exceso de intensidad estaba afectando la vida útil del trabajador de los grandes centros es la reducción permanente que registró, durante esa época, la edad normal deseable para la obtención o el cambio de trabajo: de 40 años fue bajando a 38, 37, 35 y menos años.

[5] Véase Evaluación de los mecanismos de protección del salario. Tercer Informe de Investigación, Centro de Información, Documentación y Análisis sobre el Movimiento Obrero (CIDAMO) e Instituto Nacional de Estudios del Trabajo (INET), México, 1982. Mimeo, pp. 17-20.

 

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