La Iglesia en Brasil:

EL SIGNIFICADO DE LA VISITA DEL PAPA

Ruy Mauro Marini

Fuente: Archivo de Ruy Mauro Marini. Publicado en El Universal, México, miércoles, 16 julio 1980.

La visita de Juan Pablo II a Brasil era esperada con ansiedad, tanto entre los medios eclesiásticos como entre los gubernamentales, así por las fuerzas que sostienen al régimen militar como por las que componen la amplia y hoy diversificada oposición. Ello se debía, en buena parte, a la minicrisis política que vivió el país, a raíz de la huelga metalúrgica de abril y mayo, en el cinturón industrial de Sao Paulo, y a la posición que en ella había asumido la Iglesia Católica.

La intransigencia empresarial y la represión desatada por el gobierno convirtieron a la huelga en una prueba de fuerza que trascendió el plano específicamente laboral. Con sus dirigentes encarcelados y los municipios de Santo André y Sao Caetano, epicentros de la huelga, sometidos a un virtual estado de sitio, los trabajadores metalúrgicos desplegaron una enorme capacidad de resistencia, bastando con señalar que mantuvieron su movimiento por 41 días, hecho sin precedentes en la historia del régimen militar.

Para esa resistencia, pesó decisivamente el apoyo activo que, desafiando al Gobierno y los patrones, les prestó la Iglesia. Las presiones resultantes sobre el clero paulista (que tuvo a sus obispos amenazados de ser encuadrados en la Ley de Seguridad Nacional) motivaron la solidaridad del conjunto de la Iglesia, poniendo en el centro de la escena al órgano máximo de la jerarquía: la Conferencia Nacional de Obispos (CNOB).

En ese contexto, la visita papal que se acercaba se convirtió en factor de sorda disputa entre las altas esferas del régimen y la jerarquía eclesiástica, cada cual tratando de capitalizarla en provecho propio. Los sectores más radicales del clero intentaron incluso restarle carácter oficial, al plantear que Juan Pablo II no debería empezar su viaje por Brasilia, donde sería necesariamente recibido como jefe de Estado, sino por la ciudad de Fortaleza, en el Noreste, donde tendría lugar un encuentro de obispos.

El Papa entró al país por el aeropuerto de Brasilia, siendo recibido triunfalmente por el gobierno militar, pero su gira quedó en manos de la Iglesia. Esta supo llevarlo a un contacto directo con los sectores más pobres y también con las fuerzas sociales más avanzadas del país. Las masas brasileñas, que desarrollan una creciente oposición al régimen no desperdiciaron la oportunidad que así se les brindaba.

En las distintas ciudades visitadas, el Papa debió aceptar que las calurosas bienvenidas que se le daban fueran simultáneamente vigorosas manifestaciones antigubernamentales. Sus pronunciamientos tuvieron que enfatizar, allí donde es más intensa la movilización de masas, como Sao Paulo, los derechos del hombre, la necesidad de reformas "profundas y valientes" y la justicia social. Sólo en Fortaleza, encerrado con los obispos, expresó sin ambigüedades su reprobación a la combativa postura política de buena parte del clero brasileño.

En estas condiciones, la visita del Papa a Brasil revistió un significado inesperado. Con seguridad, no fue lo que esperaba el régimen militar y es posible suponer que rebasó incluso las pretensiones del mismo Juan Pablo II. Ha sido más bien el resultado de los esfuerzos de una Iglesia que busca enraizarse en el movimiento de transformación social que empieza a sacudir a Brasil y de la dinámica de masas de un pueblo que ha emprendido de nuevo con decisión la lucha por sus derechos.

 

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